Pastís

Bar Pastís, imatge manllevada de la seva pròpia pàgina web

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El Pástis, donde el ayer es hoy

El bar Pastís, situado en número 4 de la calle Santa Mònica, es para los buenos catadores de ambientes, todavía hoy, un verdadero hallazgo, un diminuto oasis acogedor y personalísimo, un bar con la dosis necesaria de clímax para poder permitirse el lujo de hacer un poco de literatura a sus expensas. Cuando se inauguró, en mayo de 1947, nadie hubiera sospechado que llegara a tener tal longevidad.

Había sido una bodeguilla. Su dueño, una tal María Fernanda, la vendió a monsieur Adrianó. Este francés afincado en Barcelona conoció a Joaquín Ballesteros, un trotamundos que había pasado la mayor parte de su vida en Francia y Argelia. La idea de quien posteriormente se convertiría en el Quimet del Pastís era instalar un bar típico marsellés. Así se lo dijo a mounsier Adrianó, y la bodega pasó de una mano a otra sin previa apertura.

Quimet concibió el Pastís con un estilo muy personal. Fue pintando los cuadros que hay en el local en estado absolutamente ebrio, nunca sereno y nunca con un modelo delante. Cuando no encontraba un lienzo, igual servía un cartón o la tapa de una caja de zapatos. Si no tenía pinturas, utilizaba betún. Firmaba con el nombre de Pastís. Colgado de una de las paredes, aún se puede ver su autorretrato.

La bohemia barcelonesa fue la que hizo del Pastís lugar de reuniones, de tertulia, de golfería. Allí se juntaban grupos de jovenes artistas, pintores y escultores. No faltaban tampoco escritores y músicos, a los que había que añadir un censo numeroso de gentes muy diversas, entre los que destacaban los aficionados al mundo del boxeo, una de las pasiones de Quimet. Y todo ello regado con música de Carlos GardelLouis Armstrong, Jorge Negrete o Edith Piaf. La Rambla era otra Rambla, y el puerto era un puerto. Todavía le quedaba algo de «chino» al barrio y la calle Santa Mònica tenía otro color. Estaba el Bar Cádiz y, muy cerquita el Cangrejo; el restaurante Casa Ton y, justo al lado, un café con orquesta.

Transcurridos un par de años desde la inauguración, apareció en escena Carmen Pericás, la compañera sentimental de Joaquín. Mientras Quimet animaba a los clientes y amigos a jugar a los chinos, ella servía las copas detrás de la barra. «¿Un pastiset?», preguntaba la señora Carmen a toda persona que entraba. Y el asentimiento era casi siempre unánime. Evidentemente, el pastís, de confección casera entonces, fue y es la bebida típica de la casa.

La muerte de Joaquín Ballesteros, acaecida en 1963, supuso un duro golpe para el Pastís. No obstante, la señora Carmen continuó al pie del cañón. Variaron un poco las cosas: los horarios, la gente, la música. Introdujo definitivamente las canciones de Edith Piaf, y fue a partir de aquí cuando comenzó a circular el absurdo bulo de que el Pastís era el bar de la cantante.

A finales de la década de 1970 parecía que al Pastís no le quedaba otro remedio que abandonar. La edad, la transformación del barrio y la muerte de su querido Quimet eran una losa demasiado pesada para la señora Carmen. Todo indicaba que el pequeño gran bar iba a desaparecer.

Después de permanecer nueve meses cerrado, el Pastís abrió de nuevo sus puertas en octubre de 1980. José Ángel había contactado con Carmen Pericás y le había manifestado su interés por el local. La única oferta seria para mantener el Pastís fue la suya. Se habló de convertirlo en una hamburguesería o en una carpintería. Por suerte, ninguna de esas opciones cristalizó. Las negociaciones fueron difíciles. José Ángel quería el Pastís tal como lo recordaba la última vez que fue a tomar una copa. Si faltaba algo, no había trato.

No sin cierto temor, se dispuso a iniciar los preparativos para la reapertura. Pesaba mucho coger las riendas de un histórico local con tanto carisma como el Pastís, sobre todo para una persona ajena a las vidas de Carmen Quimet. A pesar del recelo existente, la gente respondió maravillosamente bien desde el primer día. Todo seguía igual: las botellas, los cuadros, los espejos, la barra, las mesas, su sabor inconfundible. La visita tentadora de diferentes coleccionistas no ha cambiado la actitud de José Ángel con respecto al Pastís, han intentado comprarle hasta las puertas del lavabo, que por cierto contiene una curiosa raja dibujada muy línea de las demás pinturas. No se vende nada. El suelo es la única reforma tangible que se ha realizado. Un escape de agua no detectado en su momento fue el causante. La instalación de aire acondicionado y un moderno equipo de música, son las novedades más significativas.

El Pastís se ve constantemente agasajado por personas relacionadas con el mundo del arte y del espectáculo. El embrujo de este pequeño rincón sedujo a escritores como Juan Marsé Juan Goytisolo. El actor Josep Maria Flotats es parroquiano. Georges Moustaki no perdió la oportunidad de conocerlo. Ni Aute, ni Gurruchaga… Si quien fue una vez vuelve, seguro que el Pastís le estará esperando.

Historia y leyenda del Barrio ChinoPaco Villar

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