El Marsella

Bar Marsella, Barcelona by vieweronline
Bar Marsella, Barcelona, a photo by vieweronline on Flickr.

EL CAFÉ DE MARSELLA Y LA LEYENDA DE LA ABSENTA

El Marsella, ubicado  en el cruce de las calles Sant Ramon Sant Pau no es un café cualquiera. Está repleto de historia, y esta historia se percibe, se huele, nada más entrar. Tiene una atmósfera especial. La estética y distribución del local, salvo excepción, es la originaria. Sus espejos, el artesonado de madera e incluso el mosaico del suelo conservan todo el sabor de los antiguos cafés. Muchas de las sillas y mesas que allí se encuentran son de estilo modernista. El mármol y las patas de hierro de las mesas han resistido milagrosamente los avatares del tiempo. Dispersos por las paredes, pueden verse carteles anunciando marcas de bebidas. Destaca una curiosa proclama, genuinamente franquista, que prohíbe cantar bajo amenaza de un autoritario guardia municipal.

Durante muchos años el Marsella congregó a un público muy heterogéneo. Fue lugar de reuniones clandestinas propiciadas por sindicalistas y anarquistas; obreros jugando al parchís o al dominó coincidían al lado de literatos, intelectuales y artistas en animada tertulia. Tampoco faltaba la mirada omnipresente de pintores y dibujantes, intentando obtener estímulo para sus obras. El Noi del Sucre, el actor Josep Santpere y el marqués de Araciel pasaron muchas veces por el bar.

El Marsella poseía y posee una magia muy particular. Mucho tiene que ver con ese embrujo la absenta, la bebida de los bohemios, antiguamente el mayor reclamo del establecimiento. La absenta es un licor que contiene esencia de ajenjo. Los bohemios la utilizaban para buscar inspiración creadora que les ayudara a escribir sus libros, sus poemas, a pintar sus cuadros y retratos. Tanto la preparación de la copa como la degustación conllevaban un acto de solemnidad: una vez llena la copa de licor de absenta, se colocaba encima de ésta un artilugio de cristal, muy parecido al embudo; se introducía en él dos terrones de azúcar; se vertía un poco de agua de una jarra y, con una cuchara de alpaca, se iba removiendo; el agua deshacía el azúcar y caía a través del orificio hasta llegar a la copa. Lo bonito del proceso era evitar que la absenta perdiera su tonalidad original, un color verdoso. Se bebía muy lentamente.

Tal vez exista hoy en día un bar o café en Barcelona donde poder saborearla. Lo que resulta un poco más difícil, por no decir imposible, es que la sirvan como antes. En el Marsella, sí: en las estanterías del local todavía hay guardadas una veintena de jarras de cristal y una cuchara de alpaca.

Desde 1989 está al frente del negocio José Lamiel, representante de la tercera generación de una estirpe que, desde principios de siglo, lleva las riendas del café. De su mano, el Café de Marsella emprendía en abril de 1991 nuevos vuelos, esta vez de tipo recreativo-cultural, una especie de varietés donde la poesía alternaba con la canción y el humor, empezaba a atraer a un público del barrio y a otro nómada impenitente. Era el principio de una etapa que ha conseguido situar al Café de Marsella en la cresta de la ola. La leyenda continúa.

Historia y leyenda del Barrio Chino, de Paco Villar, pág. 250-1

(Parece que El Marsella pasa por serias dificultades para seguir en pie. Leer esto, si no lo creéis y apresuraos)

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2 pensaments sobre “El Marsella

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