Bar Los Caracoles

Los Caracoles

Los Caracoles

Los 160 años de los Caracoles

En la calle Escudellers, Los Caracoles constituyen un hito entrañable. El restaurante es y ha sido una cita obligada en la ruta gastronómica y artística de Barcelona. Los casi 160 años de historia que lo contemplan bastarían para considerarlo algo poco común; pero hay más. Quizás sea esa atmósfera propia y entrañable, o tal vez su inconfundible decoración, tan personal como sencilla. Y por qué no, una curiosa trayectoria repleta de anécdotas, de nombres, de vida. El restaurante Los Caracoles bien pudiera representar un genuino retrato de aquella Barcelona que se resiste a abandonarnos  El pasado, el presente y el futuro de una ciudad que no debe olvidar sus señas de identidad por muy pequeñas que sean.

Extraordinaria longevidad para lo que empezó siendo una simple bodega, una de tantas, de las muchas que existían en el casco antiguo, abierta en 1835, en el número 3 de la calle Nou de Sant Francesc. En Can Bofarull se vendía carbón, petróleo, aceite, jabón, vino, cerveza embotellada y lo que hiciera falta. También se servían tapas, más como capricho de algún parroquiano que como una especialidad de la casa. Y es que en aquel local, al principio, no había ni mesas ni sillas.

Por una de esas casualidades, siempre difíciles de prever, entre las distintas tapas ofrecidas adquirieron cierta notoriedad en el barrio unos caracoles con salsa acompañados de pan moreno. Muy pronto se convirtieron en el mayor atractivo de la taberna, hasta tal punto que fueron los propios clientes los que bautizaron Can Bofarull con el sobrenombre de Los Caracoles.

En 1915 ya colgaba de la fachada un flamante rótulo con la nueva denominación. El negocio iba viento en popa. La casa contaba con un extenso surtido de mariscos, además de sardinas en escabeche, olivas aliñadas, mejillones, anchoas, calamares… La enorme concurrencia que lo visitaba a diario hizo pensar a la familia Bofarull en una posible ampliación.

En la esquina de la calle Escudellers estaba situado un estanco. Con más inconvenientes de los previstos, lograron quedárselo, y en la parte exterior instalaron una plancha para cocinar. La gran expectación que despertó esta novedad trajo consigo muchos problemas. La gente se apelotonaba a su alrededor, y las colas que se formaban entorpecían el desarrollo normal del tránsito. Finalmente, la cocina se trasladó al interior, y en su lugar se colocó un asador.

Entonces, otra contrariedad se unió a las reseñadas, aunque a tenor de los resultados más bien redundó en un beneficio. Las presiones del gremio con respecto a la calificación del local eran constantes. No hubo otro remedio que ceder y transformar la taberna en un restaurante. En 1934 se inauguraba el nuevo establecimiento, que tuvo una favorable acogida entre el público.

La guerra civil truncó momentáneamente el rápido asentamiento de Los Caracoles. Sufrió una colectivización muy suave, lo que le permitió seguir funcionando. Los años cuarenta del siglo XX, en cambio, significaron el inicio de una etapa de máximo esplendor. Su fama se acrecentó vertiginosamente. Las figuras más destacadas de la vida nacional y extranjera desfilaron por las mesas del restaurante. Sus resopones cobraron una reputación inigualable.

Ramon Antonio Bofarull i Ferrer fueron, sin duda, los artífices de la proeza: el primero, delante de los fogones, responsable de la carta y de las compras; el segundo, con su arrolladora simpatía y singular personalidad, encargado de las relaciones públicas. En la memoria de muchos barceloneses todavía están presentes los paseos del orondo Bofarull en su charret ochocentista.

Antonio Bofarull Ferrer

Antonio Bofarull Ferrer

La vinculación de este último al mundo del espectáculo —trabajó como actor en unas 30 películas y fue productor de otras ocho— facilitó la presencia de innumerables artistas, como puede verse en la cantidad de fotografías dedicadas que penden de las paredes del restaurante. Citarlos a todos sería interminable, pero ahí van unos cuantos nombres famosos: Burt Lancaster, Mistinguett, Ava Gardner, Errol Flynn, Robert Taylor, John Wayne, Ernst Borgnine, Josephine Baker, los Beatles, Paco Rabal, Montserrat Caballé, Julio Iglesias…

Asimismo, contribuyeron en justa medida a la popularidad de la casa unos comedores individuales, llamados reservados, con capacidad para dos, seis y hasta doce personas. Las anécdotas más suculentas tuvieron como mudos testigos a estos salones. Cuentan que un conocido agente de Cambio y Bolsa acudía asiduamente con la querida de turno. Una de sus extravagancias favoritas consistía en que el camarero en cuestión les sirviese el ágape en calzoncillos y camiseta. Debía de encontrarlo divertido. Naturalmente, el servicial camarero era gratificado convenientemente.

Hoy en día están al frente del establecimiento FelicianoAgustí Bofarull i Damper. Los años pasan, pero Los Caracoles permanecen en su sitio. Ni siquiera el degradado entorno que lo rodea ha conseguido desacreditar un ápice su brillante aureola. A pesar de la desaparición del magnífico y característico cartel anunciador, en otro tiempo tan alabado, la calle Escudellers aún resplandece con la sola mención de su nombre.

Historia y leyenda del Barrio Chino, Paco Villar, 1996, Pág. 277-279

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2 pensaments sobre “Bar Los Caracoles

  1. Encandilada quedé con la vida de este restaurante. Si me prometen que en las paredes siguen colgando esas fotos de Burt Lancaster, Ava Gardner, Errol Flynn, Robert Taylor, John Wayne o los Beatles, valdrá la pena visitarlo. Si siguen haciendo caracoles como antaño, allí estaré, y aunque no soy tan exquisita como para que un camarero me sirva en calzoncillos, no estaría mal visitar el lugar para ver si algún elemento del pasado nos hace revivir los antiguos años de la vida de esta Barcelona tan curiosa.

  2. Querida Honguito,
    aparte de lo que te comenté en la anterior entrada, añado lo que dijo un maestro del contoneo de los taburetes de bar mientras libaba diversos jugos: para comer y beber, vale la intención, pero sobretodo cubrir la suma total de la consumición.

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