Aquellos lejanos dieciocho…

A mis dieciocho o diecinueve años cogía cualquier libro que encontrase por casa. Era una buena manera de aprender, lo aleatorio era una virtud. También hablaba con papá de estas lecturas. Además leía a Jack London, Henry Miller, Jack Kerouac, Charles Bukowski. Aquéllos eran «libros para chicos» o incluso para chicos «salvajes», que contrarrestaban los ideales del barrio residencial con una vida más espontánea. En mi diario las llamaba novelas «de estilo de vida» y escribí: «No quiero ir al colegio. Me convertiré en un marginado social y viajaré por la carretera, escribiendo y follando.»

Mi oído en su corazón, Hanif Kurieshi Pág. 146

Cuántas ilusiones de folloteo continuo y literario, de noches con sabor a piel y esperma derramado, cuántos desvelos de jadeos y golpes de saliva, pezones y pechos perfumados de sal a mansalva, turgentes como los de los mangas, insaciables a besos y caricias, disponibles a cualquier atisbo de deseo… Cómo pudo ser que toda esa energía desparramada se esfumara con el sonido de una cisterna.

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