¿Registro?… Bueno, pero quítense los zapatos

 Niñas tras el cristal de un coche. © Gervasio Sánchez. Bosnia. Guerra de los Balcanes. Marzo 1994

Niñas tras el cristal de un coche. © Gervasio Sánchez. Bosnia. Guerra de los Balcanes. Marzo 1994

Aquella misma noche, unos policías de paisano llamaron a su puerta. Su madre, una mujer estricta y autoritaria, la abrió. Los agentes le dijeron que tenían una orden de registro de la vivienda. Ella los miró y les dijo: «De acuerdo, pero primero tendrán que quitarse los zapatos. Limpié el apartamento ayer y no permitiré que entre nadie con los zapatos sucios.» Los asombrados agentes dejaron sus zapatos en el vestíbulo e iniciaron el registro. No encontraron los panfletos.

Amor Mundi, Dusan Velickovic, p.39

Unga y Naklik

Familia Inuit en Noatak, Alaska, Edward S. Curtis, 1929

Joan Briggs cuenta que los esquimales distinguen dos clases de amor. Unga es el deseo de estar con la persona a la que se quiere. Naklik es el deseo de hacer cosas que sean buenas para la persona a la que se quiere. Los esquimales demuestran su perspicacia al decir que los niños sólo sienten unga. Y que poco a poco van sintiendo naklik.

Crónicas de la Ultramodernidad,José Antonio Marina, p.99

Triángulos y colores

Está cosiendo un triángulo verde. El verde significa «delincuente profesional»; el negro, «vago y asocial». Entre nosotros hay también un hombre con un triángulo rosa, que equivale a homosexual. Nada más abandonar las SS, a las que ha pertenecido varios años desempeñando distintas funciones, automáticamente es acusado de homosexual y arrestado. Aparte del triángulo que llevamos todos, los judíos suelen llevar otro amarillo cosido al revés, de manera que uno y otro compongan una estrella de seis puntas. Los polacos llevan una P escrita con tinta y los checos, una T de «Tscheche».

Un sacerdote en Dachau, Jean Bernard, p.45

Correciones y carácter, el nabo de Leningrado

Vladimir Nabokov

Vladimir Nabokov

Unos años más tarde, los editores de New Yorker se obstinaron en retocar «Mi educación inglesa» y «Retrato de mi madre», que poco después se convertirían en capítulos de Habla, memoria. Nabokov rechazó todas las correciones, y declaró: [prefiero] «la sinuosidad, que me es propia y que sólo a primera vista puede parecer torpe u oscura. ¿Por qué no hacer que el lector relea una frase de vez en cuando? No le va a causar daño». Pero el New Yorker no cejaba en su frenético afán corrector, y Nabokov rechazó cada sugerencia con celo diabólico. Respecto a su «Retrato», contestó: «No hubo nadie llamada “Juana de Arco”. Aun así, prefiero su verdadero nombre, Joaneta Darc. Sería bastante estúpido, por ejemplo, si en un New Yorker publicado en 2500 me llamaran “Voldemar de Cornell” o “Nabo de Leningrado”. Así  pues, en resumen, querría mantener “fatídicos acentos” y “Joaneta Darc”, si es posible».

El encantador. Nabokov y la felicidad, Lila Azam Zanganeh, p. 99

El mejor movimiento de cámara de David Lynch

Escena del Hombre elefante, de David Lynch

Creo que el mejor movimiento de cámara de todas mis películas está en una escena de El hombre elefante, donde el personaje que interpreta Anthony Hopkins descubre por primera vez al hombre elefante y la cámara se acerca para ver la reacción en su rostro. En términos técnicos, el movimiento era muy bueno, pero también, justo cuando la cámara se detuvo frente al rostro de Hopkins, éste derramó una lágrima. Eso no estaba planeado en absoluto, es una de esas cosas mágicas que suceden en un plató de cine. Y, aunque era la primera toma, cuando lo vi, decidí que no tenía sentido ni siquiera probar una segunda.

Lecciones de cine, Laurent Tirard, entrevista a David Lynch, p.144

No hi ha drecera

En el jardín, Joaquín Sorolla, 1896

«Si vols ser escriptor (imposa Stephen King), el primer que has de fer són dues coses: llegir molt i escriure molt. No conec cap manera de saltar-s’ho això. No hi ha drecera.»

Com escric. Les regles del joc, Andreu Martín, p.71

Gesto de Picasso

Retrat d’una ballarina espanyola, Joan Miró, 1921

Según Ferran [Ferran Cano], Miró le contó que una vez Picasso lo visitó en su estudio y se quedó asombrado por un cuadro en particular, Retrat d’una ballarina espanyola. Picasso se lo quiso llevar. Le dijo a Miró que, a cambio, podía ir a su taller y elegir cualquier cuadro. Podría venderlo y vivir del dinero durante un año. Picasso se llevó el Miró, y ahora es una de las pocas obras de la colección personal de Picasso expuesta en el Musée Picasso de París. A Miró, sin embargo, el intercambio le pareció tan injusto que nunca fue al taller de Picasso a reclamar el cuadro que le correspondía.

Porque la vida no basta, Michael Damiano, p.52