La vida de Rimbaud en Harer

Autorretrato de Rimbaud en Harer, alrededor de 1883

La vida de Rimbaud en Harer , donde vivió un total de cinco años durante diversos períodos, entre 1880 y 1891, es una historia desdichada y triste. Cuando tenía veinticinco años, en pleno cenit de su gloria literaria, el precoz autor de Una temporada en el Infierno y Las Iluminaciones, decidió dejar de escribir y largarse de París para no volver en todo el resto de su vida. «Ya no pienso nunca en la literatura», escribió en una carta. Y el 20 de octubre de 1879, dejando atrás una juventud apasionada y tumultuosa, «a las once de la noche se despidió de sus amigos —cuenta su biógrafo Enid Starkie— y ninguno de ellos volvió a verlo». Paul Verlaine, que fue su amante durante un tiempo, escribió más tarde: «Después ya no hizo nada más que viajar terriblemente y morir muy joven». En una carta a su familia, fechada en 1883, el propio Rimbaud decía: «Cada día que pasa me atraen menos el clima, la forma de vivir e incluso la lengua de Europa. Me enviáis las últimas noticias políticas. ¡Si supierais lo poco que me importan ahora! Hace más de dos años que no he abierto un solo periódico».

Rimbaud quería hacerse rico, labrarse una fortuna lejos de Francia, y esa fue, según los estudiosos de su vida, la causa principal que le impulsó a marcharse. Pero quizás le sucedía algo más profundo, algo que es común a cierto tipo de poetas dotados de un genio natural muy poco corriente: tal vez su alma había enloquecido, ya que no su mente. En Una temporada en el Infierno había dejado escrito: «Aquellos con los que me crucé tal vez no vieron». Puede que quisiera, al dejar París, abandonar también su propia sombra. «¡Vamos! —clamó en otro verso—: la marcha, la carga, el desierto, el hastío y la rabia!».

En julio de 1880 alcanzó el mar Rojo y se instaló en Adén, Yemen, en busca de trabajo. Y entró al servicio de un francés exportador de café llamado Pierre Bardey. Contrajo allí sus primeras fiebres palúdicas y quizá por ello, en una carta, describió Adén como «una roca espantosa».

Unos meses más tarde, a finales del mismo año y después de atravesar a caballo durante veinte días el feroz desierto de Somalia, llegó a Harer, como agente de la compañía de Bardey, con salario, comida y alojamiento pagados y una comisión de un dos por ciento en los beneficios del comercio del café, pieles, caucho, marfil y almizcle. la compañía tenía sus oficinas en la plaza del mercado central y allí vivió el poeta los primeros meses. Cuando llegó, Rimbaud era el único francés en la ciudad. Tiempo después se instalarían allí Alfred Bardey, hermano de Pierre, y dos sacerdotes católicos también franceses: Taurín-Cahagne y Jerôme Jarosseau. Este último, miembro de la compañía de Jesús, alcanzaría a ser más tarde obispo de Harer y profesor de francés de Haile Selassie, el hijo del gobernador de la región, del «ras» Makonnen, súbdito de Menelik II. Al producirse la invasión italiana de 1935, Jarosseau, ya muy viejo, hubo de exiliarse a Djibouti, y regresó a Etiopía en 1942, poco antes de morir, acompañando a las tropas victoriosas de Selassie.

Cuando Rimbaud entró a Harer, la región donde se encuentra la ciudad estaba en poder de Egipto. El jedive (sátrapa) Ismael gobernaba desde El Cairo un extraño imperio: teóricamente incluído en los dominios del Imperio otomano, el Egipto de Ismael era un país que gozaba en la práctica de una independencia plena, con la aquiescencia y el apoyo militar de Inglaterra. En 1875, Ismael controlaba el sudán y quería extender su poder hasta el Oriente de África para controlar desde allí las costas africanas del Índico. De modo que envió una fuerte expedición militar, equipada con moderno armamento inglés, destinada a someter a Etíopia. Sus planes se truncaron en el norte y el sur del país, donde sus tropas fueron derrotadas por el emperador Yohannes IV. Pero logró hacerse con el dominio de las costas del mar Rojo, las de Somalía y la región de Harer. Hasta que Egipto abandonó aquellas tierras y costas, en 1885, los europeos de Harer pudieron gozar de cierta seguridad en la ciudad y comerciar libremente en regiones en otro tiempo muy peligrosas. Ese Harer fue el que recibió al poeta en diciembre de 1880.

Rimbaud no ganaba todo el dinero que había esperado y vivía en la ciudad en condiciones muy modestas. La villa no le gustaba nada: «Este clima atroz —escribía a su madre—… Vivo de la manera más aburrida y sin provecho: no cabe imaginar otra vida más aburrida que ésta». Harer era, además, una ciudad poco común en otros aspectos: por las noches, las hienas y los leones rodeaban sus muros, y si lograban penetrar en el recinto de la villa, atacaban y devoraban a todos los que encontraban en las calles. No eran pocos los hararis de entonces que abandonaban a los enfermos desahuciados en las callejuelas de la urbe para que calmaran el hambre y la ferocidad de las fieras.

El poeta pensaba irse de Etiopía y viajar a Panamá en busca de fortuna, pero sus planes se torcieron al contraer la sífilis. Según su biógrafo Enid Starkie, de donde extraigo la mayoría de los datos sobre la estancia de Rimbaud en Harer, el poeta había abandonado todo tipo de relaciones homosexuales y tan sólo practicaba el sexo con mujeres.

Regresó a Adén para curarse, un año después de iniciar su estancia en Harer, y con la idea de no regresar jamás a Etiopía. También pensó en dedicarse a la exploración de otras latitudes africanas, y en ese sentido envió cartas a la Societé de Geógraphie, que desdeño su oferta. Al fin, aceptó seguir trabajando con Bardey y volvió a Harer con un contrato de dos años.

Buscando nuevas materias primas para aumentar las exportaciones de la compañía, y con ello sus propios beneficios, exploró territorios de las provincias limitrofes que nunca había pisado otro europeo antes de él, burlando la malaria, los ataques de fieras y la amenaza de los bandidos en territorios sin ley y sin dueño. En 1883, logró publicar un estudio sobre la región de Ogadén en el boletín de la Societé de Geógraphie. Y cuando la Societé se interesó por aquel francés perdido en África y le brindó su apoyo para futuras expediciones, Rimbaud volvió la espalda a la oferta. Tan sólo quería hacerse rico en el mundo del comercio y los negocios. De la misma manera que, años antes, había enmudecido como poeta para siempre, ahora cerraba la puerta a la posibilidad de ser un explorador famoso. Imagino que porque, tal vez, no hay hombre capaz de convertirse en leyenda en los dos grandes territorios de la aventura: la poesía y la exploración. También en aquel año recibió carta de Verlaine, animándole a regresar a París y restablecer su relación. Rimbaud no contestó.

Aquellos viajes le parecieron en un principio insufribles. «Caminos terribles —escribía a su familia— que recuerdan el horror que se supone a los paisajes lunares». Pero, quizá sin percibirlo entonces, en su sangre entró durante aquellos años el veneno del vagabundeo. En las últimas cartas que escribió antes de morir se leen frases como ésta:« Seguir siempre en el mismo sitio me parecería una gran desgracia. Me gustaría recorrer el mundo entero, que bien mirado no es tan grande. Quizá entonces encontraría un sitio que me agradara lo bastante». O como esta otra, redactada tiempo después: «Vivir permanentemente en el mismo sitio es algo que siempre me parecerá muy triste… Si dispusiera de medios para viajar y no me viera forzado a instalarme en un lugar para ganarme la vida, no duraría más de dos meses en el mismo sitio».

Extrañas confesiones de un hombre, que, años antes había desdeñado las ofertas de la Societé de Geógraphie.

Los caminos perdidos de África, Javier Reverte, p.96-99
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