Intimidad

Intimidad, Paul Delvaux, 1963

«Espero que cada uno de nosotros sea dueño de los hechos de su propia vida» —escribió Hughes en una carta al diario Independent en abril de 1989, cuando se había sentido molesto por un artículo especialmente indiscreto—. Pero, claro está, como sabe cualquiera que haya oído alguna vez algún chismorreo, en absoluto somos «dueños» de los hechos de nuestra vida. Esta propiedad se nos va de las manos al nacer, en el momento en que nos observan por primera vez. Los órganos de publicidad que han proliferado en nuestra época sólo son una extensión y magnificación del entrometimiento fundamental e incorregible de la sociedad. Según ellos desearían, cualquiera debería aceptar que sus asuntos sean asuntos de todos. El concepto de intimidad es una especie de pantalla con la que se oculta el hecho de que no es posible tener casi ninguna intimidad en un universo social. En cualquier enfrentamiento entre el inviolable derecho de lo público a distraer la atención y un deseo individual a ser dejado en paz, lo público casi siempre se impone. Después de que hayamos muerto, se olvida la simulación de que en cierto modo podemos protegernos contra la malicia irreflexible del mundo. El brazo de la ley que supuestamente protege nuestro nombre contra el libelo y la calumnia nos abandona con indiferencia. Los muertos no pueden defenderse de la calumnia y del libelo. Carecen de recursos legales.

La mujer en silencio, Janet Malcolm, p.18
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