El final de Rimbaud

Arthur Rimbaud en Harer

En 1885, los sueños imperiales de Egipto se disolvieron y sus soldados y funcionarios abandonaron Harer. El nuevo emir decidió cerrar la ciudad a los europeos y Pierre Bardey hubo de clausurar su negocio. A Rimbaud no le quedó otro remedio que regresar a Adén, adonde viajó acompañado de una muchacha harari, la única mujer con la que mantuvo una relación estable durante un cierto tiempo de su vida y cuyo nombre no aparece en ninguna parte. 

Pero no duró mucho como empleado de Bardey. Se despidió de la compañía, después de cobrar tres meses de sueldo como indemnización y decidió emprender negocios por su propia cuenta. Bardey escribiría años después sobre Rimbaud: «No pude retenerlo mucho más de lo que es posible retener a una estrella fugaz».

Ese año de 1885 la Historia comenzaba otra vez a dar un giro en Etiopía. Menelik, señor del oriente del país, se preparaba para acometer su suprema ambición: apear a Yohannes IV del trono del imperio etíope y proclamarse emperador. Para tal empresa, Menelik precisaba de armas modernas, ya que el ejército de su rival estaba mucho mejor equipado, con las armas inglesas capturadas a los egipcios. Menelik disponía de una enorme fortuna, acuñada con el tráfico de esclavos y de marfil. Y el excelso poeta francés vio la luz de salida del túnel de su mísera vida: el tráfico de armas. Despachó a la mujer harari, viajó a Tadjowa y gastó todos sus ahorros en modernos fusiles. Y en octubre de 1886 emprendió la marcha desde las costas somalíes hacia el interior de Etiopía, hacia las regiones de Shoa controladas por Menelik.

Fue un viaje épico del que apenas dejó escrito nada en sus cartas. Tardó cuatro meses en atravesar aquellas tierras peligrosas e inhóspitas y en febrero de 1887 estaba en el lago Assal. Poco después se encontró con Menelik. Pero otros traficantes habían llegado antes que él y los precios de las armas habían bajado sensiblemente. Menelik era un hábil negociador y Rimbaud un desastroso hombre de negocios. Tuvo que vender su cargamento por mucho menos precio del que esperaba y, como quien dice, se quedó lo comido por lo servido. Estaba casi arruinado y sus cartas enviadas a París en aquella época muestran la depresión que le invadía: «Nunca he hecho mal a nadie. Trato, en cambio, de hacer el poco bien que está a mi alcance y ésa es, de hecho, mi única satisfacción», escribió a su madre.
Regresó a Aden y viajó a El Cairo poco después para reponerse de una recaída de sífilis. Y de nuevo, en mayo de 1888, con el poco dinero que había conseguido reunir, regresó a Harer para dedicarse otra vez al tráfico de armas, cuando ya Menelik había conquistado la ciudad. Tres años vivió comerciando desde allí, con frecuentes viajes a las costas del mar Rojo y del índico. Y no sólo probó con las armas, sino que se implicó también en el tráfico de esclavos. Pero seguía siendo un fatal hombre de negocios y vivía como un monje en Harer, en una humilde casa que se convirtió en ese tiempo en centro de reunión de los exploradores occidentales que recorrían aquellas apartadas regiones. Él y el jesuita Jarosseau eran, por entonces, los únicos europeos residentes en Harer. Aquel año, el poeta se hizo íntimo amigo del «ras» Makonnen, el gobernador nombrado por Menelik para la provincia de su reino en expansión y padre del futuro «Negus» Haile Selassie.
En 1889, al morir Yohannes IV en un enfrentamiento con los derviches sudaneses, que invadían el norte y el oeste de su reino, Menelik ocupó el trono imperial y unificó todo el territorio etíope. El negocio de las armas bajó de nuevo. Y la situación de Rimbaud se hizo aún más agobiante. No tenía casi ni para comer, su enfermedad empeoraba y la tristeza crecía en su ánimo. Sin embargo, ahora le gustaba Harer, ahora amaba Etiopía con todo su corazón.
En abril de 1891 enfermó muy gravemente y no le quedó otra opción que dejar la ciudad y tratar de llegar a Francia, en un último intento por salvarse. Logró cruzar al mar Rojo desde la costa etíope y, luchando entre la vida y la muerte, navegó hasta alcanzar el puerto de Marsella. Era demasiado tarde. Le amputaron una pierna, pero la enfermedad no se detuvo. Y el 10 de noviembre de 1891 fallecía, a los treinta y seis años de edad. Días antes de expirar, manifestó a su hermana que su único deseo era poder regresar a Etiopía.
Su antiguo jefe, Pierre Bardey, dijo de él: «Era la encarnación de la lealtad y la integridad. Nunca hacía nada que fuera contrario al honor». Y su amigo el «ras» Makonnen escribió esta nota de pésame a la hermana del poeta: «Estoy enfermo por la muerte de su hermano y me parece que mi alma me ha abandonado». El jesuita Jarosseau señaló años después: «Si adoptó aquel tipo de vida fue, sin duda, porque África le había puesto en contacto con los grandes contrastes de la naturaleza».
Tal vez, en su lecho de muerte, el desdichado Arthur Rimbaud recordó aquellos versos premonitorios de su juventud, cuando aún vivía en París, y que el guía Abdul me había recitado frente a la lujosa mansión-museo que nunca habitó el poeta: «¿Y esos despertares francos, claros, rientes, hacia la aventura?».

Caminos perdidos de África, Javier Reverte, p.99-101
Anuncis

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out /  Canvia )

Google photo

Esteu comentant fent servir el compte Google. Log Out /  Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out /  Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out /  Canvia )

S'està connectant a %s