Juan Rulfo en la vejez

Juan Rulfo

Juan Rulfo

Me aterran figuras literiarias como la de Juan Rulfo: publicar dos libros admirables de muy joven y luego quedar convertido en un balbuceante y patético borrachín durante interminables décadas (así le vi yo, al menos, cuando estuvo por aquí a recoger el Premio Príncipe de Asturias).

Días de 1989, José Luís García Martín, p.50

La historia de Yang Kyoungjong

Yang Kyoungjong en junio de 1944 capturado por los soldados norteamericanos

En junio de 1944 un joven soldado asiático se rindió a un grupo de paracaidistas americanos durante la invasión aliada de Normandía. En un primer momento, sus captores pensaron que era un japonés, pero en realidad se trataba de un coreano. Se llamaba Yang Kyoungjong. En 1938, a los dieciocho años, Yang Kyoungjong había sido reclutado a la fuerza por los japoneses para integrarse en su ejército de Kwantung en Manchuria. Un año más tarde, fue hecho prisionero por el Ejército Rojo en la batalla de Khalkhin-Gol y enviado a un campo de trabajos forzados. Las autoridades militares soviéticas, durante un período de crisis en 1942, lo obligaron, junto con otros varios miles de prisioneros, a integrarse en sus fuerzas. Posteriormente, a comienzos de 1943, fue hecho prisionero durante la batalla de Kharkov, en Ucrania, por las tropas nazis. En 1944, vistiendo uniforme alemán, fue enviado a Francia para servir en un Ostbataillon que supuestamente reforzaba el Muro Atlántico desde la península de Cotentin, en la zona del interior próxima a la Playa de Utah. Tras pasar una temporada en un campo de prisioneros en Gran Bretaña, se trasladó a los Estados Unidos, donde no diría nada de su pasado. Se estableció en este país y falleció en Illinois en 1992.

 La segunda guerra mundial, Antony Beevor, p.9

Rusófilo

Recuerdo un episodio parecido de mi niñez, cuando Lenin irrumpió de pronto en nuestra casa. Era a principios de la década de los cincuenta, en los tiempos en los que mi padre se afilió al Partido Comunista. Entonces entraron en nuestra casa treinta y cinco tomos con una gruesa encuadernación de piel y una cara en relieve dentro de un círculo. Hasta a oscuras era posible reconocer la cabeza calva y el mentón puntiagudo sencillamente tocando los libros. Pero Lenin no era para ser leído. Sus obras completas eran para ser vistas y expuestas en un lugar prominente de nuestro salón.

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Dalí vol ‘los 50 secretos mágicos para pintar’

50 secretos mágicos para pintar de Salvador Dalí

50 secretos mágicos para pintar de Salvador Dalí

Li vaig dir que li faria a mans una còpia de les seves respostes al Qüestionari, juntament amb un llibre que em va demanar, l’edició espanyola de 50 secretos mágicos para pintar, que no li havia arribat: resultà que jo llavors treballava a l’editorial que l’havia publicat, Luis de Caralt, i per tant m’era molt fàcil.

Dalí parlat, Lluís Permanyer, p.11

De tarde en tarde, un elefante blanco

Elefantes africanos, Charles Tournemine, 1867

Und dann und wann ein weisses Elephant, escribió Rilke. «De tarde en tarde, un elefante blanco.» O sea, que a veces ocurre lo improbable.

Cronicas de la Ultramodernidad, José Antonio Marina, p.27

Curas borrachos

Los borrachos, James Ensor, 1883

Los borrachos, James Ensor, 1883

Durante dos días seguidos, por una u otra razón, no nos traen vino. Al tercero, sin embargo, nos obligan a beber una ración triple: tres cuartos de litro, es decir, una botella por cabeza y prácticamente de un sorbo. Un auténtico tormento. Al acabar apenas queda nadie sobrio.

Entonces el SS y el jefe de habitación pasa un buen rato riéndose de tanto cura borracho.

Un sacerdote en Dachau, Jean Bernard, p.68

Relatar: tortura y placer

Animals, Joaquim Mir

RELATAR incontables historias era para él una tortura y un pasatiempo.

Una tortura, porque hay que abrirse camino entre un «zoológico de palabras»: sustantivos inquietos, adjetivos moteados, modificadores que mugen, verbos que rebuznan, el ruido de cascos de los signos, el crujido de los detalles, las «alas y garras» de las novelas. Un pasatiempo, porque nada —salvo tal vez la emoción de cazar mariposas en las laderas alpinas— puede rivalizar con el puro júbilo de inventar nuevos mundos.

El encantador. Nabokov y la felicidad, Lila Azam Zanganeh, p.96