Rusófilo

Recuerdo un episodio parecido de mi niñez, cuando Lenin irrumpió de pronto en nuestra casa. Era a principios de la década de los cincuenta, en los tiempos en los que mi padre se afilió al Partido Comunista. Entonces entraron en nuestra casa treinta y cinco tomos con una gruesa encuadernación de piel y una cara en relieve dentro de un círculo. Hasta a oscuras era posible reconocer la cabeza calva y el mentón puntiagudo sencillamente tocando los libros. Pero Lenin no era para ser leído. Sus obras completas eran para ser vistas y expuestas en un lugar prominente de nuestro salón.

Mi padre, de hecho, leía a Tolstói, Dostoievski y, casi siempre, a Turgenev. Mi madre solía decir: «Es un rusófilo.» Al cabo de unos cuantos años, cuando a mi padre lo echaron del partido, mi madre le comentó que «te han echado del partido porque no eres capaz de estar callado, pero, en cambio, en casa nunca dices nada. Sólo lees el periódico y silbas.»

Puesto que mi padre no se quedó callado, corría el peligro de ser encarcelado. Por suerte, es no ocurrió. Sencillamente, perdió el trabajo. Nos tuvimos que mudar a otro apartamento. Un día, mi madre arrancó la piel de los libros de Lenin y la vendió. Alimentamos la estufa con las obras completas de Lenin durante dos días.

Amor Mundi, Dusan Velickovic, p.113
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