Addis Abeba, tres miradas, ochenta años

Addis Abeba, 2009

Addis Abeba es un disloque, un desatino urbano. Cuando el novelista inglés Evelyn Waugh lo visitó en 1930, para escribir una serie de crónicas periodísticas sobre la coronación del emperador Haile Selassie, describió así la urbe:

De hecho, es hacia Alicia en el País de las Maravillas adonde recurren mis pensamientos buscando algún paralelo histórico para la vida en Addis Abeba. Únicamente en Alicia es donde uno encuentra el sabor particular de la realidad transformada, donde los animales llevan relojes en los bolsillos de sus chalecos […] ¿Cómo recapturar, cómo retener, el loco encanto de aquellos días etíopes? […] Addis Abeba es una ciudad nueva; tan nueva, en verdad, que ni una sola pieza de la ciudad parece realmente terminada […] Parecía que sólo ahora se hubieran puesto a construir la ciudad. En cada esquina había un edificio a medio terminar. Algunos ya estaban abandonados y en otros trabajaban unos cuantos puñados de desharrapados indígenas.

Addis Abeba, 1963-1967

En 1963, transcurridas más de tres décadas desde la visita de Waugh, el periodista polaco Ryszard Kapuscinski llegó a la ciudad para escribir sobre la celebración en Addis de una cumbre de la Organización para la Unidad Africana. Se asombró ante lo que vio y, en 1978, regresó para recoger los materiales con que escribiría su espléndido libro El emperador. El reportero recordaba en este libro su primera visita y recogía las impresiones de Evelyn Waugh, para añadir luego:

En aquella ocasión [era en su primer viaje de 1963], reinaba una gran actividad en las calles principales. Por sus bordes rodaban pesadamente gigantescos bulldozers arrasando las casuchas de barro más próximas a la calzada, abandonadas ya, pues el día anterior la policía había expulsado de la ciudad a sus moradores. Luego, unas brigadas de albañiles habían levantado un muro alto con el objeto de tapar las demás chabolas. Otras brigadas habían pintado el muro con motivos nacionales. La ciudad olía a hormigón y a pintura fresca, a asfalto recién puesto y al aroma de las hojas de palma con que habían adornado los arcos de bienvenida […] En el césped de la calle principal, Churchill Road, pastaban rebaños de cabras y vacas y los coches debían detenerse cada vez que los nómadas cruzaban la calzada con sus numerosos y asustados camellos. Llovía. En los callejones adyacentes los coches se atascaban en el barro pegajoso y pardo, hundiéndose en él más y más hasta formar, finalmente, una columna de vehículos inmóviles con las ruedas enterradas.

¿Cómo era el Addis que me recibió a comienzos del año 2000, setenta años después de la visita de Waugh, casi cuarenta desde la primera de Kapuscinski y un cuarto de siglo más tarde del derrocamiento del emperador Haile Selassie? Una ciudad sin terminar, repleta de edificios a medio construir, con los hierros de sujeción del hormigón al aire y sin obreros a la vista. Los destartalados camiones y los viejos autobuses de colores rojo y naranja se abrían camino, con furor, entre los rebaños de cebúes y de cabras que invadían las avenidas principales. Hileras de burros de corta alzada, cargados de sacos de paja o hatos de leña, trotaban a paso veloz sorteando taxis, furgonetas y minibuses. De cuando en cuando, un vehículo averiado paraba el tráfico y Addis quedaba paralizada en un endemoniado atasco, sumida en una escandalera de cláxones, rebuznos, balidos y mugidos, a la que se unían las estridentes músicas surgidas de los casetes de los automóviles. Olía a gasolina y a estiércol de cuadra. Y el eco de la algarabía trepaba ciudad arriba, hacia los altos de Entoto, hacia las lomas desforestadas y pintadas por un mortecino verdor de desesperanza. Sobre el cielo de Addis planeaban los milanos.

 Los caminos perdidos de Àfrica, Javier Reverte, p.21-23
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