Semblanza de Valle-Inclán, servida por Belmonte

Julio Camba, Ramón Pérez de Ayala, Ramón del Valle- Inclán y el torero Juan Belmonte. Fotografía extraída de La Opinión A Coruña.

Don Ramón era, para mí, un ser casi sobrenatural. Se me quedaba mirando mientras se peinaba con las púas de los dedos afiladas su barba descomunal, y me decía con un gran énfasis:

—¡Juanito, no te falta más que morir en las plazas!

—Se hará lo que se pueda, don Ramón —contestaba yo modestamente.

Se les ocurrió a aquellos hombres hacerme un homenaje. Redactaron una convocatoria en la que con las firmas de Romero de Torres, Julio Antonio, Sebastián Miranda, Pérez de Ayala y Valle-Inclán, se decía que el toreo no era de más baja jerarquía estética que las bellas artes, se despreciaba a los políticos y se sentaban algunas audaces afirmaciones estéticas. Yo estaba verdaderamente aturdido al sentirme causa de todo ello.

Se celebró el banquete en el Retiro, lugar donde entonces se reunía a cenar la gente elegante de Madrid. El dueño del restaurante, al ver que se trataba de un banquete a un novillero, puso discretamente la mesa en un rinconcito, disimulando, para que no espantásemos a su selecta clientela. Pero llegó don Ramón, le pareció mal el sitio, y armó un escándalo terrible. Se fue hacia el dueño, un industrial con mucha prestancia, que estaba en su bufetillo, y le dijo altivamente:

—¡Tú, levántate!

El hombre balbució, sorprendido e impresionado por el talante de Valle-Inclán.

—¿Qué desea usted, señor?

—¿Dónde nos ha puesto, bellaco? —gritó don Ramón—. ¿Dónde nos has puesto, di?

El pobre hombre, aturdido, ensayaba disculpas.

—Es un sitio de la casa como otro cualquiera.

—¡También es un sitio el water-closet! —replicó don Ramón—. ¡Colócanos en el sitio de honor, badulaque! ¿Sabes quiénes somos? ¿Sabes quién es este hombre? —y me señalaba con un gran ademán.

Yo quería que la tierra me tragase; me acercaba humildemente a don Ramón y le decía:

Pero no se moleste usted; si yo como en cualquier parte…

—¡Qué es eso! —rugía él—. ¡En el sitio de honor he dicho!

Y, efectivamente, desalojaron a los clientes distinguidos, y allí me senté a comer, apabullado por los gloriosos nombres de los artistas y escritores que me rendían un aparatoso homenaje, sin que yo acertase a comprender bien la razón de que aquellos hombres me admirasen.

Juan Belmonte, matador de toros, Manuel Chaves Nogales, p.167
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