El particular carácter de Julio Camba

Julio Camba (Villanueva de Arosa, Pontevedra, 16 de diciembre de 1882 - Madrid, 28 de febrero de 1962), fotografía extraída de www.abc.es

Julio Camba (Villanueva de Arosa, Pontevedra, 16 de diciembre de 1882 – Madrid, 28 de febrero de 1962), fotografía extraída de http://www.abc.es

Asistió también a las fiestas del Centenario de la independencia del Perú el gran humorista Julio Camba, invitado oficialmente. Hombre menos amigo de ceremonias que Julio Camba no hay, y todo el tiempo que duraron las solemnidades del Centenario estuvo Camba de un terrible malhumor. En las ceremonias oficiales era obligatorio casi siempre el frac, y Julio Camba, que no lo tenía, había de quedarse forzosamente en el hotel. Se vengaba escribiendo terribles diatribas contra la deplorable costumbre de ponerse el frac que tienen los elementos oficiales. Hubo una fiesta en el palacio presidencial y pareció inexcusable que a ella no asistiese Camba, por lo que entre varios amigos se acordó prestarle un traje de etiqueta completo. Camba, resignado, se lo endosó, diciendo:

Conste que si el presidente me pide café, se lo sirven ustedes.

Gozaba Julio Camba en Lima de gran renombre literario, y durante su estancia allí fueron muchos los coleccionistas de pensamientos y autógrafos que acudieron a él para pedirle que les escribiese algo en sus álbumes. El gran humorista, malhumorado, recogía los álbumes de sus admiradores y los iba amontonando en un rincón de su cuarto de hotel, con el decidido propósito de no escribir en ellos una sola línea.

Jamás he escrito nada de balde —decía—. ¿Cómo quieren que venga al Perú a alterar una de mis más saludables costumbres?

Una mañana, el criado del hotel que entraba a despertarle se creyó en el caso de halagar la vanidad literaria del huésped diciéndole que era lector y admirador suyo. Era el criado un negro remilgado y sabihondo que, al mismo tiempo que incensaba a Camba, hacía gala de su vasta cultura literaria.

¿Tú entiendes de literatura, eh? —le preguntó Camba.

Soy afisionaíto na más —replicó el negro, ruborizándose.

¿A que has escrito versos?

¿Quiere el señor que lea alguno?

¡No!

A Camba se le ocurrió entonces una idea salvadora.

Vamos a ver —dijo al negro—. Pon en este papel un pensamiento tuyo.

El negro se remangó el delantal y, torciendo la boca y sacando la lengua, escribió con una preciosa letra redondilla un pensamiento que era una maravilla, un pensamiento de álbum, como seguramente Camba no lo había escrito en la vida.

Camba lo leyó emocionado y, abrazando al negro literato, le dijo:

Toma, coge todos estos álbumes, llévatelos a la cocina, pon en cada uno un pensamiento de esos tuyos, de los buenos, y firma debajo: «Julio Camba». Tienes tanto talento y escribes tan bien, que desde este momento te nombro mi secretario.

Juan Belmonte, el matador de toros, Manuel Chaves Nogales, p.301
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