La reina de Saba y Salomón

Encuentro de Salomón y la reina de Saba, Piero della Francesca,1452-1460

Encuentro de Salomón y la reina de Saba, Piero della Francesca,1452-1460

El principal libro sagrado de los etíopes es el Kebra Neguest, que quiere decir «Gloria de Reyes», y que fue escrito en el siglo XIV, recogiendo remotas leyendas transmitidas oralmente, por un monje de la antigua capital de Axum llamado Isaac. Según el mito, la historia etíope comenzó con la reina de Saba, diez siglos antes de la venida de Cristo al mundo. La soberana, que dominaba extensos territorios y asentaba el centro de su poder en Etiopía, oyó hablar de un sabio monarca que reinaba en Israel: Salomón. Y movida por la curiosidad, viajó hasta Jerusalén para conocer al gran hombre.


Tanto impresionó a la de Saba el carácter y la prudencia de Salomón, que se convirtió a la religión judía. Cuando decidió regresar a su país, tras varios meses de estancia en Jerusalén, Salomón la sedujo mediante un ingenioso truco y la reina etíope quedó embarazada. Ya en su patria, la reina dio a luz un hijo varón a quien llamó Menelik, nombre que en amárico significa «hijo de un hombre sabio».
Convertido en un joven príncipe de veinte años de edad, Menelik viajó a su vez a Jerusalén para conocer a su augusto padre, quien le ofreció ser su sucesor en el trono de Israel. Menelik rechazó la oferta y Salomón le nombró, con su bendición, rey de Etiopía, e hizo que le acompañaran en su regreso a la patria los hijos primogénitos de varios notables de su corte, para que Etiopía fuese una nación en todo semejante a Israel. Al partir, Menelik y sus acompañantes robaron del templo de Jerusalén la más sagrada reliquia del pueblo judío: el Arca de la Alianza, donde se guardaban las Tablas de la Ley entregadas por Dios a Moisés en el monte Sinaí.
Y así, llegado a su país, el príncipe fue proclamado rey por su madre, con el nombre de Menelik I. El nuevo monarca, en su primer bando real, decretó que la línea sucesoria, a partir de él, sólo la integrarían varones, y que las mujeres únicamente podrían ocupar el cargo de regente cuando el sucesor al trono no hubiese cumplido la mayoría de edad. Menelik I, además, proclamó al etíope «pueblo elegido», ya que, «por decisión de Dios», el Arca de la Alianza quedaba guardada para siempre en Etiopía.
Y allí sigue, según afirman los más fervientes defensores de la leyenda, aunque permanece escondida en un templo de Axum y nadie puede verla salvo su guardián. Los italianos, durante la ocupación del país en los días de la Segunda Guerra Mundial, la buscaron sin éxito, pues los sacerdotes etíopes afirmaron que la habían cambiado de lugar y mantenido en secreto su ubicación. El único occidental que ha logrado robarla desde los días de Salomón fue un tal Indiana Jones, cuyas aventuras son tan verdaderas como la leyenda de la reina de Saba y la historia misma del Arca.
El primer europeo que tuvo acceso a los textos sagrados etíopes y a las crónicas reales fue el jesuíta español Pedro Páez, que escribió un extenso libro de carácter histórico sobre Etiopía a comienzos del siglo XVII. Por supuesto que jamás logró ver la famosa Arca.

Los caminos perdidos de África, Javier Reverte,  p.29-30
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