Un plano por un franco

Plano del cementerio de Père Lachaise

Plano del cementerio de Père Lachaise

Vivo desde hace quince meses a media cuadra del cementerio de Père Lachaise y sólo hoy, domingo soleado y ventoso, se me ocurre recorrer los cincuenta metros que me separan de la entrada de la rue de la Réunion.

Deslumbrado. Un portero me entrega por un franco un planito y me señala con el dedo las tumbas de Balzac, Molière, Chopin, Edith Piaf, etc. Al poco rato renuncio a buscar las sepulturas ilustres y prefiero perderme por los caminillos estrechos que bordean los mausoleos.

La tentación del fracaso, Julio Ramón Ribeyro, p.282

Sánchez Mazas, acadèmic de la Llengua Espanyola

Francisco Franco amb Rafael Sanchez Mazas, Ramón Serrano Suñer i l'arquitecte Pedro Muguruza examinant els primers esbossos del projecte del Valle de los Caídos (Culegamuros, 1940)

Francisco Franco amb Rafael Sanchez Mazas, Ramón Serrano Suñer i l’arquitecte Pedro Muguruza examinant els primers esbossos del projecte del Valle de los Caídos (Cuelgamuros, 1940)

(3-11-1940)

Sentada amb Sánchez Mazas, al qual acaben de fer acadèmic de l’Espanyola. Ara haurà de fer les obres que ho justifiquin. M’ha llegit un tros d’un assaig sobre la dansa, destinat al nou Occident: vaga i poc amena literatura. També té inèdit un assaig sobre arquitectura. Però m’ha parlat sobretor d’una novel·la que té inèdita, tan llarga com I promessi sposi, l’heroi de la qual és un català, cas rar en la literatura castellana, si exceptuem Pérez Galdós. Vol fer-ne la figura d’un català representatiu, típic. No publica l’obre perquè tem que suscités protestes en la clerecia.

Dietaris, Joan Estelrich

Yannis, trasunto de Barceló

L'homme au chapeau rouge,  Hervé Guibert, Paris, Gallimard, 1992

L’homme au chapeau rouge, Hervé Guibert, Paris, Gallimard, 1992

Guibert, por su parte, se sintió fascinado por Miquel por varias razones. Su obra le encantaba y admiraba su obsesión por el trabajo y, de alguna manera, por sí mismo. Su visita a Farrutx en el verano de 1990 inspiró parte de uno de sus últimos libros, L’homme au chapeau rouge (publicado póstumamente en 1992), en el que aparece un personaje llamado Yannis, un pintor procedente de una isla griega, claramente un trasunto de Barceló a pesar de que también existía un pintor griego llamado Yannis, pero ese juego entre verdad y la ficción es característico en la obra de Guibert.

Porque la vida no basta, Michael Damiano, p.168

Miquel Barceló parlant del llibre i del seu autor en L’hora del lector

La fundació de La Vanguardia

Portada del primer número de La Vanguardia

El 1881 els germans Carles i Bartomeu Godó, fills d’Igualada i dedicats a la indústria tèxtil, van fundar el diari La Vanguardia, amb l’objectiu de defensar la seva posició política en les eleccions que s’havien de celebrar aquell any. Bartomeu Godó va sortir elegit diputat per Igualada. «Però aquell “diari polític i d’avisos i notícies, òrgan del partit constitucional de la província”, muntat per defensar una posició familiar dintre del caciquisme imperant, havia de constituir ben aviat un excel·lent afer.» El 1898 tirava 14 000 exemplars diaris, la cinquena part del total de Barcelona, mentre El Brusi quedava reduït a 9 000, El Diluvio a 8 000, i  La Publicitat, 5 000 exemplars.

L'oasi Català, Andreu Farràs i Pere Cullell, p.74

El Lazarillo, prohibido por la Inquisición

Portada de la edición de Medina del Campo de 1554, impresa por Mateo y Francisco del Canto

Todavía nos preguntamos cuáles fueron las razones que indujeron a la Inquisición a prohibir ciertas obras de teatro o el Lazarillo de Tormes: ¿tal vez a causa del anticlericalismo de varios pasajes?

Breve historia de la Inquisición en España, Joseph Pérez, p.165

John Dewey juzga a Trotski

León Trostky y John Dewey

León Trostki y John Dewey

Cuando John Dewey llegó a México, tras imponerse a infinidad de presiones políticas, pidió la información que le faltaba por leer y se negó a entrevistarse con Trotski. Recordó a la prensa que, ideológicamente, no compartía las teorías del procesado, y, como presidente de la Comisión, solo se atendría a ofrecer unas conclusiones a partir de las pruebas y testimonios presentados y que el único valor de aquel resultado sería de carácter moral.

El 10 de marzo, la Casa Azul tenía el aspecto de un campamento militar. Dentro de la edificación se había esfumado la armonía de objetos y colores al ser retirados los tiestos de plantas, los muebles de madera veteada y las obras de arte, para ceder espacio a miembros del jurado, periodistas y guardaespaldas. Fuera de la mansión se habían levantado barricadas y desplegado decenas de policías. La mañana de la apertura, ya a la espera de Dewey y los miembros del jurado, Diego Rivera observó el patio y, sonriente, le habló a su huésped de los sacrificios que debían hacerse por la revolución permanente.
Dewey mostró una energía que desafiaba sus setenta y ocho años. Nada más entrar en la casa, tras saludar a Diego y a Liev Davídovich, pidió comenzar: su función y la de los miembros del jurado, dijo, consistiría en oír cualquier testimonio que el señor Trotski tuviera a bien presentarles, interrogarlo y ofrecer después unas conclusiones. La pertinencia de aquellas sesiones, en su opinión, se basaba en el hecho de que el señor Trotski hubiera sido condenado sin la oportunidad de hacerse escuchar, lo cual constituía un motivo de grave preocupación para la Comisión y para la conciencia del mundo entero.
En ese instante se iniciaba, quizás, la semana más intensa y absurda de la vida de Liev Davídovich… No podía recordar que alguna vez se hubiera visto sometido al esfuerzo físico e intelectual de lidiar por horas y horas contra una lógica enfermiza como la que emanaba de las acusaciones pergeñadas en Moscú. Como todo el contraproceso se desarrolló en inglés, constantemente él temía no ser lo preciso o explícito que necesitaba y deseaba. En las noches apenas dormía dos o tres horas, cuando el cuerpo vencía a la mente; su estómago, afectado por la tensión y los litros de café bebidos, se le había convertido en una piedra de fuego clavada en el abdomen, mientras la presión arterial, ya intranquilizada por la altura, le había instalado un zumbido en los oídos y una dolorosa molestia en la base del cráneo. Al final del sexto día lo envolvió la impresión de hallarse en un lugar extraño, entre desconocidos que hablaban de asuntos incomprensibles, y creyó que desfallecería, pero sabía que hablar ante aquellas personas era su única alternativa, quizás la última ocasión de luchar en público por su nombre y por su historia, por sus ideas y por los restos mortales de una revolución traicionada.
Cuando llegó el momento de su alegato, el 17 de abril, los miembros de la Comisión vieron ante sí a un hombre extenuado que tuvo que pedir permiso a Dewey para permanecer sentado. Sin embargo, cuando se encarriló en el discurso, su vehemencia de los viejos tiempos retornó y los reunidos en la Casa Azul percibieron algunos de los destellos del Trotski que había conmovido a las masas en 1905 y 1917, de la pasión que le habían valido la devoción de tantos hombres y el odio eterno de otros, desde Plejánov hasta Stalin. Su primera conclusión fue que, de acuerdo con el actual gobierno soviético, todos los miembros del buró político que hizo triunfar la revolución y acompañó a Lenin en los días más difíciles de la guerra y la hambruna y habían puesto en marcha al país, hombres que habían sufrido cárcel, destierro, represiones incontables, en realidad desde siempre habían sido traidores a sus ideales y, más aún, agentes al servicio de potencias extranjeras deseosas de destruir lo que ellos mismos habían construido. ¿No era una paradoja que los líderes de Octubre, todos, hubieran resultado unos traidores? ¿O tal vez el traidor era uno solo y se llamaba Stalin? No se detendría a demostrar la falsedad, más aún, el absurdo de los hechos que le imputaban, dijo, pero debía recordar que los gobiernos de Turquía, Francia y Noruega habían corroborado que él no había desarrollado en sus territorios labor antisoviética alguna, pues había permanecido apartado e incluso confinado bajo vigilancia policial. Olvidado de sus debilidades físicas, se puso de pie: la combustión de las ideas debió de actuar como un resorte que lo proyectaba y daba fuerzas para llegar a la salida: la experiencia de su vida, recordó, en la cual no habían escaseado los triunfos ni los fracasos, no había destruido su fe en el futuro de la humanidad sino que, por el contrario, le había dado una convicción indestructible. Esa fe en la razón, en la verdad, en la solidaridad humana, que a la edad de dieciocho años llevó consigo a las barriadas de la ciudad provinciana de Nikoláiev, la había conservado plenamente, se había hecho más madura, pero no menos ardiente, y nada
ni nadie, nunca, podría matarla.
Con la respiración agitada y la cabeza adolorida, volvió a ocupar su asiento. Sus ojos se habían posado en los del anciano profesor norteamericano y, por unos segundos densos, se sostuvieron la mirada. El silencio resultó dramático. Antes del alegato de Liev Davídovich, Dewey había prometido pronunciar unas conclusiones provisionales, pero ahora se mantenía como petrificado. Un sollozo de Natalia Sedova rompió el ensalmo. Por fin Dewey bajó la mirada y observó sus apuntes para susurrar que la vista quedaba cerrada hasta que elaboraran las conclusiones finales… Y agregó: todo lo que él pudiera decir hubiera sido un imperdonable anticlímax.

El hombre que amaba los perros, Leonardo Padura, p.259

Agatha Christie en África

Agatha Christie en Siria

Agatha Christie de arqueóloga en Siria

El Old Cataract de Asuán huele a Agatha Christie, lo mismo que el Pera Palace de Estambul. Mientras en el segundo la escritora inglesa escribió de un tirón su Asesinato en el Orient Express, en el primero puso a su Hércules Poirot a buscar asesinos en Muerte en el Nilo, novela publicada en 1937. Agatha Christie viajó con frecuencia por el norte de África en la década de los treinta del pasado siglo, acompañando a su segundo marido, que era arqueólogo, y se alojó algunas veces en el Old Cataract. Como era obligado, cuando la novela fue llevada al cine, en 1978, algunas secuencias de la película nos muestran a Peter Ustinov, el Poirot del film, en el bello Old Cataract.

Los caminos perdidos de África, Javier Reverte, p.388

Bar funicular, la cita a la que nunca acudió

Bar Funicular, Carrer del Consell de Cent, 374

Bar Funicular, Carrer del Consell de Cent, 374

Tarde del día 25 de septiembre de 1973. En torno al bar Funicular están al acecho decenas de policías de paisano llevando detenido como rehén a Santi Soler. A Santi lo habían detenido el día anterior, después de regresar de un congreso del MIL, en Toulouse, donde se acordó la autodisolución del grupo. La polícia, que al detenerlo entró en su piso, sabía que allí, en el bar, tenía una cita con Garriga i Paituvi. Cuando Garriga, junto a Puig Antich se acercaban, Santi les alertó: «policía» y corrieron hacia un portal al que acudieron dos polícias: forcejeo, disparos de bala, Puig Antich herido, Barragán subinspector de policía muerto.

Barcelona rebelde, Art. de Quim Sirera, p.193

El verdadero autor de La gloria de don Ramiro

Enrique Larreta Buenos Aires, 4 de marzo de 1875 - 6 de julio de 1961

Enrique Larreta Buenos Aires, 4 de marzo de 1875 – 6 de julio de 1961

Ramón Carande solía contar que el verdadero autor de La gloria de don Ramiro, esa obra maestra del argentino Enrique Larreta, tan distinta del resto de su producción, había sido el novelista asturiano Francisco Acebal. Larreta, millonario, le habría pagado el encargo con extraordinaria generosidad. El pánico del ilustre escritor, en las largas décadas que sobrevivió a la publicación de la novela, ante la posibilidad de que el fraude fuera descubierto. El miedo al chantaje. La paranoia que le llevaba a leer amenazadoras alusiones en las más inocentes líneas de cualquier artículo a él dedicado.

Los días de 1989, José Luís García Martín, p.95

El negocio es el negocio

Mucho hay que chupar, Francisco de Goya, 1799

Finalmente, el 4 de noviembre de 1939, después de recibir la aprobación del Congreso, fue ratificada la nueva ley que permitía el suministro de bienes y pertrechos a los países beligerantes, siempre y cuando el comprador pagara en efectivo y se encargara del transporte de lo adquirido (cash and carry).

La Segunda guerra mundial, Antony Beevor, p. 78