Torturas de la Inquisición

Saturno devorando a un hijo, Francisco Goya, 1821-1823

Saturno devorando a un hijo, Francisco de Goya, 1821-1823

La Inquisición practicaba tres tipos de torturas. La primera era el suplicio del agua: se ataba al prisionero a una escalera inclinada, con la cabeza más baja que los pies, se le mantenía la boca abierta, se le introducía un paño en la boca y se echaba agua que debía tragar: para ello se utilizaba un cántaro que contenía algo más de un litro de agua; durante la misma sesión, se podían administrar a un prisionero hasta ocho cántaros de agua. Otra forma de tortura consistía en colgar al acusado de una polea por medio de una cuerda atada a las muñecas, y sujetarle pesos a los pies; se levantaba lentamente el cuerpo y luego se dejaba caer bruscamente. La tercera variedad de tortura era el caballete: el prisionero tenía las muñecas y los tobillos atados con cuerdas que se iban retorciendo progresivamente por medio de una palanca. Según Henningsen, el noventa por 100 de los acusados que pasaron por la Inquisición española nunca sufrieron tortura.

Breve historia de la inquisición en España, Joseph Pérez, p.134
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