En busca del arca perdida

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Las leyendas de Salomón y la reina de Saba, el mito de Menelik y la supuesta presencia del Arca de la Alianza en el país constituyen la raíz misma de la historia y de la religión en Etiopía. Pero es la epopeya del Arca, sobre todo, el motivo por el que los etíopes se sienten «pueblo elegido por Dios» y por el que sus monarcas, hasta Haile Selassie, se consideraron siempre Rey de Reyes, Elegido de Dios, León de Judá y otros títulos de parecido jaez. La dinastía Salomónida siempre supo arreglárselas para que el pueblo identificase a sus soberanos con el Cielo.

¿Hasta qué punto la leyenda del Arca es en alguna medida verdadera? Según el bíblico Éxodo, Yahvé-Dios dio instrucciones a Moisés, después de entregarle las Tablas de la Ley en piedra en el monte Sinaí, sobre cómo debería ser la caja que habría de albergarlas. Y así, los hijos de Israel la fabricaron en madera de acacia, adornada con incrustaciones de oro por dentro y por fuera y con las figuras de dos querubines alados sobre la cabecera de la tapa. Medía dos codos y medio de longitud, un codo y medio de ancho y otro codo y medio de alto. Teniendo en cuenta que la antigua medida del codo equivale a cuarenta y dos centímetros, las medidas del Arca, según la Biblia, serían noventa y cinco centímetros de longitud y cincuenta y tres de anchura y altura. También se añadieron a la base de la sagrada caja cuatro arandelas de oro para transportarla con dos barras de madera de acacia. El artesano encargado de su fabricación se llamaba Besalel, elegido por Yahvé para el trabajo y reputado en todo Israel por su destreza en el oficio. Después, se construyeron una mesa sobre la que sostenerla, un altar donde adorarla y un tabernáculo para protegerla. La Biblia se extiende en muy precisos detalles sobre el costo de la obra y el proceso artesanal que Moisés ordenó llevar a cabo en honra de las Tablas de la Ley y del Arca que las contenía.
Por otro lado, el Arca sería el símbolo del «pueblo elegido», en alianza indisoluble con Dios, y tendría un poder devastador cuando los hombres no se comportasen según la ley dictada en las sagradas tablas, con capacidad para provocar terremotos, tempestades, plagas y toda clase de desastres naturales. Siempre, desde entonces hasta ahora, vivió el pueblo judío ligado a las hecatombes e inserto en un destino entre orgulloso, elitista, transgresor, violento y trágico. Como si el Arca devastadora hubiera de ser el eterno sello y signo del contrato con el colérico Yahvé.
A comienzos del siglo X antes de Cristo, el rey Salomón hizo construir en Jerusalén un gran templo para guardarla. Pero las referencias de los textos antiguos al Arca se esfumaron en el siglo VI antes de Cristo, para no volver a aparecer más hasta el siglo XVI después de Cristo, en los textos sagrados etíopes, que recogían el mito del robo de Menelik. Luego, en 1981, Indiana Jones la robó a su vez, por orden de Steven Spielberg, que envió a Harrison Ford a caballo del celuloide En busca del arca perdida.
Lo cierto es que los historiadores que han investigado el asunto piensan que lo más probable es que el Arca ardiera en la destrucción del templo de Jerusalén por los ejércitos babilonios de Nabucodonosor, en el 587 antes de Cristo. Y a partir de ahí, su leyenda se desvaneció en la Historia.
Un escritor inglés, Graham Hancock, no sé si un tipo genial o un individuo medio chiflado, quedó fascinado con la película de Spielberg y se lanzó a investigar todo cuanto había sobre el Arca e, incluso, viajó a Etiopía para intentar encontrarla. En 1992 publicó su libro El signo y el sello (una búsqueda del arca perdida), que se convirtió de inmediato en un best seller internacional. En las quinientas quince páginas de su relato, en letra pequeñita, Hancock va siguiendo el viaje del Arca a lo largo de los siglos, a caballo de la historia y la leyenda, y concluye que, en su opinión, el Arca se guarda en verdad en la iglesia de Santa María de Sión, en Axum.
Para Hancock, ningún Menelik la robó de Jerusalén ni tampoco se quemó en el templo cuando lo destruyeron los babilonios. Según el escritor británico, fueron sacerdotes israelitas, descontentos con las actitudes sacrilegas del rey Manasseh —que reinó en Jerusalén entre los años 687 y 642 antes de Cristo—, quienes la hurtaron del templo de Salomón y la llevaron Nilo arriba, hasta la isla de Elefantina, en el actual Asuán, donde levantaron un nuevo santuario para cobijarla y fundaron una comunidad religiosa hebrea encargada de su custodia. En el año 410 antes de Cristo, los egipcios destruyeron el templo de Elefantina, y los sacerdotes judíos huyeron de nuevo con el Arca, esta vez a Etiopía. Allí, en una isla del norte del lago Tana, donde hoy se encuentra el monasterio de Tana Kirkos, la ocultaron en un sencillo tabernáculo durante casi ocho siglos, y prosiguieron con su religión y con sus ritos. La realidad de esa tesis, para Hancock, la avalarían dos hechos: que en esa isla se han encontrado restos de dos altares muy antiguos en el estilo del ritual judío, y que una comunidad de etíopes practicantes del judaismo, los falachas, ha sobrevivido hasta nuestros días en las riberas del lago Tana.
Siguiendo el argumento de Hancock, en el siglo IV de nuestra era el rey Ezana se convirtió al cristianismo y confiscó a los judíos el Arca, que fue trasladada a Axum, donde se construyó una iglesia para albergarla, el antiguo templo de Santa María Madre de Cristo, en el año 372. Allí permaneció hasta el siglo XVI. Fue entonces cuando un caudillo musulmán, Ahmed ibn Ibrahim, alias Gragn (el Zurdo), oriundo del oriente de Etiopía, se alzó en rebelión contra los reyes etíopes y arrasó el país, quemando iglesias y decapitando a cuanto cristiano encontraba en su camino. Axum cayó en 1535 y la iglesia de Santa María Madre de Dios fue saqueada e incendiada. Pero los monjes que custodiaban el Arca, advertidos del avance musulmán, lograron sacarla a tiempo del templo y la trasladaron de nuevo a un lugar escondido de la región del lago Tana. Unas décadas después de que Gragn fuera derrotado por los etíopes con la ayuda de una expedición militar portuguesa, el rey Fasilides ordenó construir en el año 1600 un nuevo templo en Axum, la iglesia de Santa María de Sión, adonde viajó de nuevo el Arca. Y allí sigue, según Hancock, y según creen a pies juntillas la absoluta mayoría de los fieles de la Iglesia copta de Etiopía.
Es cierto que la mayoría de los nacionalismos radicales, incluso los de nuestra culta Europa, viajan sobre mitos en su mayoría falsificados. Pero no hay ningún orgulloso nacionalismo de nuestros días, por lo que yo sé, que dependa tanto de una reliquia como el etíope. Si algún día se descubriese que no hay tal Arca en Axum y que todo es mero cuento, la historia de Etiopía, sus credos y su mundo de valores quedarían devorados por el fuego. Más les vale a los etíopes que no entre nadie, salvo su guardián, en los altares secretos de la iglesia de Santa María de Sión, ni siquiera el patriarca Paulus.
Por lo que a la capacidad destructora del Arca se refiere, debe de ser muy poderosa, tal y como señala la Biblia. A Hancock, según cuenta él mismo en el prólogo de su trabajo, las largas investigaciones sobre el Arca y sus viajes a Etiopía le costaron el divorcio: «Nuestro matrimonio no sobrevivió a este libro», se lamenta el autor de El signo y el sello recordando a la mujer que perdió.

 

 Los caminos perdidos de África, Javier Reverte, p.48-49
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