Origen de Creta

El Minotauro, William Blake

El Minotauro, William Blake

Como en muchos otros lugares de Grecia, la historia de Creta funde en sus orígenes narraciones legendarias con datos que ha ido alumbrando la arqueología. En el caso de esta isla, todo empezó con un toro. Y así lo cuenta la leyenda: Reinaba en Creta un poderoso soberano, llamado Minos, cuya flota dominaba el mar Mediterráneo, desde las costas de África y de Asia hasta el litoral oriental europeo.

Minos residía en un palacio ideado por el arquitecto Dédalo y en su interior había un laberinto de tan complejo diseño que quien allí entraba no podía salir jamás. En sus galerías habitaba un feroz monstruo, el Minotauro, un ser con cabeza de toro y cuerpo de hombre. Había nacido de un encuentro sexual entre la esposa de Minos, Pasifae, y un toro blanco que el dios Poseidón había hecho surgir del mar y entregado al rey de Creta para que lo sacrificase en su honor. Minos no cumplió la orden del dios y, como castigo, Poseidón hizo que Pasifae se enamorase del toro y que, disfrazada de vaca, copulase con el animal. El terrible hijo de aquel amor pecaminoso asoló la isla, matando numerosos habitantes y devorándolos. Por fin, consiguieron encerrarlo en el laberinto. Pero cada tres lunas era necesario sacrificar un hombre, por lo general un ladrón o un asesino, y ofrecerlo al monstruo para que calmase su apetito. Si así no lo hacían, el Minotauro abandonaba su cubil y de nuevo sembraba la muerte en la ciudad y los campos circundantes. El hijo mayor de Minos, Androgeo, viajó a Atenas, y sin que las leyendas expliquen muy bien cómo, fue asesinado en la ciudad. El dolor y la cólera del rey cretense estallaron cuando recibió la noticia del crimen, y en poco tiempo armó una flota que trasladó un poderoso ejército a Atenas, rindiendo la ciudad en unos días. Minos impuso muy duras condiciones de paz a los atenienses, entre ellas la obligación de pagar un tributo humano: siete muchachos y siete muchachas de Atenas debían ser enviadas cada nueve años a Creta para que los devorase el Minotauro. Así hubo de aceptarlo Egeo, el rey ateniense. Y en consecuencia, cada vez que se cumplía el plazo, el Tribunal de Justicia de la ciudad procedía a realizar el sorteo entre los muchachos y las muchachas de Atenas para enviar catorce de ellos a morir a Creta. El barco que los trasladaba a la isla llevaba velas negras en señal de luto.En el tratado de paz, sin embargo, Egeo había logrado que Minos aceptase una condición: si uno de los jóvenes atenienses enviados al sacrificio lograba matar al Minotauro, Atenas dejaría de pagar para siempre su tributo. Tal eventualidad parecía de todo punto imposible, y no sólo a causa de la fuerza sobrehumana del monstruo, sino porque, además, los muchachos atenienses entraban al laberinto desarmados, por orden expresa de Minos.Dos veces cumplió Atenas su penosa obligación. Cuando el plazo del tercer envío se cumplía, un hijo del rey Egeo, el valiente y apuesto Teseo, dio un paso al frente, antes de que el tribunal procediese al sorteo, y se ofreció como voluntario para formar parte del tributo a Minos. El padre no logró hacerle desistir, y al fin convino con su hijo en que, si conseguía matar al Minotauro y regresar a la ciudad, desplegaría velas blancas en la nave en lugar de negras. Teseo y sus compañeros de infortunio llegaron a Creta y fueron encerrados en una casa cercana a un jardín donde solían pasear las dos hijas de Minos, Ariadna y Fedra. Un día, Ariadna vio a Teseo y se enamoró de inmediato de él. Le hizo llamar, sin que Minos se enterase, y le entregó una espada mágica, con la que podría combatir contra el Minotauro, y también un ovillo de hilo. Ariadna explicó a Teseo que debería atar el extremo del hilo a la entrada del laberinto e ir deshaciéndolo conforme avanzara en el interior de las galerías, hasta llegar al cubil del monstruo, de modo que pudiera encontrar la salida después de matarlo. Ariadna le hizo prometer a Teseo que, si tenía éxito, la llevaría con él a Atenas y se casaría con ella. Al siguiente día, Teseo fue conducido a la entrada del laberinto. Entró resuelto, y cuando ya no le veían sus guardianes, ató el hilo a un pilar y siguió adentrándose en aquel dédalo de oscuros pasillos y recovecos. Los rugidos del monstruo levantaban ecos pavorosos. Pero el valor de Teseo no flaqueó. Al entrar en una gran sala, el Minotauro y el joven se encontraron frente a frente y el monstruo atacó sin dilación. Y Teseo le atravesó con la espada mágica y lo mató. Luego, siguiendo el hilo de Ariadna, encontró con facilidad la salida. Cuando asomó a la luz, cubierto con la sangre del hombre-toro, sus compañeros rehenes le aclamaron y Ariadna le abrazó y le cubrió de besos. Minos cumplió su promesa: liberó a los jóvenes atenienses y eximió del tributo a Atenas. Y en las sentinas del barco que habría de llevarle con los otros rehenes de regreso a Atenas, Teseo ocultó a Ariadna, y también a su hermana Fedra, que le pidió huir con ellos. El viaje de vuelta fue accidentado. Una tormenta desvió el barco a la isla de Naxos. Y allí, Ariadna fue abandonada por Teseo. No obstante, la princesa tuvo suerte y salió ganando de aquella aventura: poco después de ser abandonada en Naxos, la encontraría el joven dios Dioniso, que la hizo su esposa y la llevó con él en su largo viaje por la Tierra y, más tarde, a vivir toda la eternidad en el Olimpo. Teseo, en la euforia del regreso al hogar, olvidó cambiar las velas negras por las blancas, y su padre el rey Egeo, que esperaba en el puerto, pensando que su hijo había muerto al distinguir el velamen negro de la nave, se arrojó al mar y se ahogó. Desde aquel día, el mar griego quedó bautizado con el nombre del infeliz monarca. Teseo se casó con Fedra, y quizá fuese esta otra princesa la razón de fondo por la que el príncipe ateniense abandonó a Ariadna en Naxos. Luego, el héroe siguió protagonizando numerosas acciones memorables que la mitología recoge, y llegó a ser casi tan famoso como Hércules

 

Corazón de Ulises, Javier Reverte, p.58
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