La resistencia del ghetto de Varsovia

Ruinas del gheto de Varsovia, después del paso de las tropas alemanas, 1945

Ruinas del ghetto de Varsovia, después del paso de las tropas alemanas, 1945

Los judíos que en un principio se habían mostrado contrarios a la resistencia acabaron finalmente por descubrir la verdad. Los alemanes los querían a todos muertos. Tras la deportación de más de trescientas mil personas en 1942, los judíos del ghetto de Varsovia quedaron reducidos a unos setenta mil. La mayoría de ellos eran jóvenes y relativamente fuertes. A los viejos y a los enfermos ya se los habían llevado. Los diferentes grupos políticos judíos, bundistas, comunistas y sionistas, acordaron responder a los ataques. Empezaron matando a los colaboracionistas y a continuación prepararon posiciones defensivas comunicadas con las alcantarillas. Las armas y los explosivos los consiguieron del Ejército Nacional o Armia Krajowa, leal al gobierno en el exilio, y también de la resistencia comunista polaca, la Guardia del Pueblo. Unos cuantos centenares de pistolas y revólveres fueron comprados a ciudadanos de Varsovia que los habían guardado desafiando el peligro de ser ejecutados si eran encontrados en su posesión. En enero de 1943, se produjo el primer enfrentamiento armado cuando los alemanes detuvieron a seis mil quinientos judíos para su deportación. Lleno de cólera, Himmler ordenó que fuera destruido el ghetto de Varsovia en su totalidad. Pero hasta el 19 de abril no tuvo lugar el principal intento de asaltar el barrio. Las tropas de las Waffen-SS entraron por el extremo norte, donde los prisioneros eran cargados en vagones de ganado aparcados en las vías muertas. Los atacantes tuvieron que retirarse poco después con sus heridos tras sufrir un intenso tiroteo y perder el único vehículo blindado que poseían a consecuencia del estallido de un cóctel Molotov. Himmler quedó espantado al enterarse de que el ataque ordenado por él había sido repelido y destituyó al oficial al mando. A partir de ese momento, la SS atacaría haciendo incursiones con pequeños grupos en distintos lugares. Tras una defensa desesperada de las fábricas, que los alemanes incendiaron utilizando lanzallamas, los defensores judíos se retiraron a las alcantarillas, de las cuales salían de vez en cuando para atacar por la espalda a las tropas alemanas. La SS inundó las cloacas con la intención de que murieran ahogados, pero los combatientes judíos lograron evitar el agua o desviarla. Otros se apoderaron de un gran edificio utilizado por una empresa de armamentos y lo defendieron hasta el final. El Brigadeführer Jürgen Stroop ordenó a sus hombres prender fuego al edificio. Cuando los judíos se arrojaban al vacío desde los pisos superiores, los soldados de la SS se reían llamándolos «paracaidistas» e intentaban matarlos a balazos antes de que cayeran al suelo.

Después de la guerra, cuando estaba encarcelado, parece que Stroop seguía entusiasmado con los combates librados, que describió a su compañero de celda. «El escándalo era monstruoso», dijo. «Casas ardiendo, humo, llamas, chispas flotando en el aire, plumas de almohadas revoloteando, el hedor de los cuerpos chamuscados, el estruendo de los cañones, el estallido de las granadas, el resplandor del fuego, los judíos saltando por las ventanas de las casas en llamas con sus mujeres y sus hijos». Reconocía, sin embargo, que el «valor combativo» de los judíos lo había pillado totalmente por sorpresa, y también a sus hombres. La férrea resistencia continuó durante casi todo un mes hasta el 16 de mayo. En los combates murieron millares de personas, y siete mil de los cincuenta y seis mil sesenta y cinco prisioneros fueron ejecutados de inmediato. Los demás fueron enviados a Treblinka para ser gaseados o a los batallones de trabajos forzados para matarlos de cansancio. El ghetto fue arrasado. Vasily Grossman, que entró en Varsovia con el Ejército Rojo en enero de 1945, describe la escena en los siguientes términos: «Una marea de piedras y ladrillos aplastados, un mar de ladrillos. No hay ni una sola pared intacta. La ira de la bestia fue terrible».

La segunda guerra mundial, Antony Beevor, p. 420
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