Los gustos literarios de Pío Baroja

Pío Baroja y Nessi. (San Sebastián, 28 de diciembre de 1872 – Madrid, 30 de octubre de 1956)

Pío Baroja y Nessi. (San Sebastián, 28 de diciembre de 1872 – Madrid, 30 de octubre de 1956)

Hacia 1925 mi tío Pío tenía unas ideas y unos gustos que difícilmente casaban con los que dominaban en España. Para él toda la pintura posterior al impresionismo era una pura estupidez. La música de Wagner no le gustaba mucho, pero la posterior la juzgaba incómoda. La poesía española, en conjunto, no le interesaba, salvo la muy antigua. Tampoco estimaba mucho a los prosistas y novelistas de su época o algo anteriores, con la excepción de Azorín y Ortega. Había tenido amistad con don Juan Valera, al que recordaba con simpatía, y de los románticos admiraba a Bécquer. De vez en cuando compraba alguna novela regional de autor poco conocido, de los de su época. Le llegaban, por otra parte, muchos volúmenes de Ámerica española. También de escritores jóvenes que querían su juicio. No era muy dado a franquearse en este orden, pero hablaba con aprecio de algunos cuentistas y novelistas americanos, de los que luego diré algo más. La novela de su época, en conjunto, le interesaba poco, porque creía que la novela la hace tanto un tipo de sociedad como el novelista y creía que la sociedad del siglo XIX en sí era más novelesca o novelable que la del XX, técnica, pedantesca, teorizante en todo, dominada por la receta, es decir, el «ismo».

Sus escritores favoritos seguian siendo, así, Dostoyewski, Dickens y sus filósofos, algunos que en España no eran gustados por la gente de cátedra. Compraba muchos libros modernos, los leía, pero no sacaba demasiado gusto de su lectura. Freud le produjo irritación. Proust lo aburrió. Gide le causó una mezcla de admiración y repugnancia. Pasaron por sus manos Joyce, Lawrence, Huxley… Al final estimaba sobremanera a Colette y a J. Green entre los contemporáneos. Contra Léon Daudet creía que el siglo XX era el verdaderamente estúpido, no el anterior.

Tarde leyó a Hardy, a Meredith, a Conrad, a algunos otros escritores ingleses algo más viejos que él. Por los dos primeros tuvo más estimación que por el tercero. Las obras antiguas de Bernard Shaw le divertían: las más modernas, no. Ni Wells, por un lado, ni Chesterton, por otro, le producían mucho entusiasmo. Creo que estimaba más a Conan Doyle que a estos doctrinarios: y sobre todo a Stevenson. De algunos escritores ingleses famosos tenía una visión de hotel de lujo (vio pasar a Kipling por uno de Roma) o de club londinense (habló con Barrie alguna vez, y no acierto a imaginar el diálogo). También trató a «don Roberto», es decir, a Cunninghame Graham.

Después de haber leído a los clásicos rusos del XIX continuó interesado por Rusia como productora de novelistas. Pero Gorki le aburría. A otros los encontraba retóricos, como a Merejkowski y Andreief. Veía demasiada preocupación erótica en Artzibashef. El trasgo,  de Sologub, le entretuvo y también algún libro de escritor menos conocido. Después de la revolución la literatura programada es claro que no podía producirle más que aburrimiento. En general, los rusos modernos le parecía que hacían «recuelos» de los antiguos. Para los movimientos que entre 1920 y 1930 tuvieron mucha boga, como el dadaísmo, el futurismo, etc., no tenía voluntad ni siquiera de prestarles algo de atención.

Los baroja (memorias familiares), Julio Caro Baroja, p.71

Desechar libros

Open book, Paul Klee, 1930

Open book, Paul Klee, 1930

Tengo que ceñirme a un método estricto. Desecharé todos los libros que en realidad no necesito. Se los regalaré a alguien, o, sencillamente, los tiraré. Sólo me quedaré con los que tengan un valor excepcional.

Pero ¿cuáles de mis libros tienen un valor excepcional? ¿Los que son obras maestras reconocidas, o los pequeños desconocidos que yo amo por razones inexplicables? ¿Son los libros que he leído varias veces? ¿Los que me han influenciado? ¿Los libros sobre los que he escrito? Quizá debería conservar los libros que han levantado polémica, puesto que eran políticamente controvertidos y por ello se les ha dado una atención especial. ¿O quizá debería conservar todos los que están firmados por su autor?

¿Necesito realmente los libros que me han influenciado? ¿Necesito a Marcuse, a Sartre, a Habermas, a Bloch, a Freud? Decido conservar todos los libros de Hannah Arendt y de Max Frisch. Encima de este montoncito coloco la Paz perpetua de Kant, los artículos anarquistas de Tolstoi y el Intellectuals de Paul Johnson. Al final incluyo también un poemario de Gingsberg […].

Devuelvo todos los demás libros a sus cajas. ¡Espera un momento! Me olvidaba de I.B.Singer. Guardaré sus obras completas en serbio junto a mi traducción de Lost in America.

 Amor Mundi, Dusan Velickovic, p.111

Comienzos literarios del gusto de Javier Reverte

Itinerario de la Odisea

Itinerario de la Odisea

Es probable que el comienzo de la Odisea, junto con otros cuantos como Don Quijote de la Mancha, El viejo y el mar, El extranjero, La metamorfosis, Pedro Páramo y Cien años de soledad, sea uno de los mejores principios de la literatura de todos los tiempos. “Cuéntame, oh musa”, canta Homero, “la historia de aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sagrada ciudad de Troya, anduvo errante largo tiempo, vio las ciudades y conoció las costumbres de muchos hombres, y padeció en su corazón gran número de penalidades durante su navegación por el mar, mientras se esforzaba por salvar su vida y la de sus compañeros para regresar a la patria. Pero no pudo librarlos de la muerte y todos perecieron a causa de sus locuras”. Con un principio semejante, nadie puede detenerse ya en la lectura del poema.

[…]

No resisto la tentación de recordar aquí los hermosos principios que he señalado antes: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…” (Cervantes). “Era un viejo que pescaba solo en un bote en la corriente del Golfo y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez” (Hemingway). “Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé” (Camus). “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su casa convertido en un monstruoso insecto” (Kafka). “Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo” (Juan Rulfo). “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo” (García Márquez).Palabra literaria.

Corazón de Ulises, Javier Reverte, p.411-412

Leerse a Hölderlin tumbado junto a su tumba

Johann Christian Friedrich Hölderlin (20 de marzo de 1770 – 7 de junio de 1843). Fotografía extraída de C O N = L I B R I

Johann Christian Friedrich Hölderlin (20 de marzo de 1770 – 7 de junio de 1843). Fotografía extraída de C O N = L I B R I

Y su cultura es inmensa. Me contó que había leído a Hölderlin junto a la tumba de Hölderlin. Y no una vez, sino varias. Y que siempre habían sido minutos sublimes. Y que todo eso era para él tan sagrado que no hablaba de ello, ni siquiera lo mencionaba. Y luego sí que habló de ello.

Después de medianoche, Irmgard Keun, p.61

En el mismo hotel de Eça Queiroz

Eça de Queiroz antes de 1900

Leyendo “En el mismo hotel” pensamos en Borges o en alguno de sus aplicados discípulos, como Muñoz Molina. Pero su autor es Eça de Queiroz. El azar me lleva al encuentro de estas fascinantes páginas entre el montón de polvorientos volúmenes que acaban de ser donados, aún están sin clasificar, a la Biblioteca de la Calzada. Durante todo el día, que paso en Gijón, no pienso en otra cosa.

Días de 1989, de José Luis García Martín, p.69

Chandler como lectura

El asesino en la lluvia, Raymond Chandler, Editorial Bruguera, 1977

El asesino en la lluvia, Raymond Chandler, Editorial Bruguera, 1977*

Dispuesto a esperar la caída del sol en Santa María del Mar, había extraído de mi mochila el libro que estaba leyendo. Era un volumen de relatos de Raymond Chandler, uno de los escritores por los cuales, en esa época —y todavía hoy—, profesaba una sólida devoción. Sacándolos de los sitios más inimaginables, yo había logrado formar con ediciones cubanas, españolas y argentinas una colección de las obras casi completas de Chandler y, además de cinco de sus siete novelas, tenía varios libros de cuentos, entre ellos el que leía esa tarde, titulado Asesino en la lluvia. La edición era de Bruguera, impresa en 1975*, y, junto al relato que le servía de título, recogía otros cuatro, incluido uno llamado «El hombre que amaba a los perros». Dos horas antes, mientras realizaba el trayecto en la guagua hacia la playa, había comenzado el libro justo por ese cuento, atraído por un título sugestivo y capaz de tocar directamente mi debilidad por los perros. ¿Por qué, entre tantos posibles, yo había decidido llevar ese día aquel libro y no otro? (Tenía en mi casa, entre varios recién conseguidos y pendientes de lectura, El largo adiós, la que sería mi preferida entre las novelas del propio Chandler; Corre, Conejo, de Updike; y Conversación en la Catedral, del ya excomulgado Vargas Llosa, esa novela que unas semanas después me pondría a convulsionar de pura envidia.) Creo que había escogido Asesino en la lluvia con total inconsciencia de lo que podía significar y simplemente porque incluía aquel relato donde se narra la historia de un matón profesional que siente una extraña predilección por los perros.

El hombre que amaba los perros, Leonardo Padura, p.72

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Tipologia de lectors

Marilyn Monroe

Lector menjamiques. És un lector a efectes de decoració anímica, de penjar una cornucòpia en comptes d’obrir una finestra. Salta d’una moda a una altra però sempre una mica abans que la majoria de lectors i això li fa sentir una superioritat única, però tan escanyolida que més aviat és com una tara, com un efecte de lectures ortopèdiques, de manca de vitalitat pròpia. Al final solen acabar fent-se bibliòfils, obren llibres, ensumen l’empastament, deixen l’exemplar en una lleixa i no llegeixen més. Per contrast, m’agraden els lectors àvids, tumultuosos, bocabadats davant el llibre com un nin al mostrador d’una pastisseria, o al davant d’una gran peixera. Més, sempre més, en comptes de la restricció esteticista del lector menjamiques. A la qualitat per la quantitat: sí, una mica groller, autodidacte, però amb alegria sense fre pels llibres, com el gos que belluga la cua.

Rates al jardí, Valentí Puig, p.81