Comienzos literarios del gusto de Javier Reverte

Itinerario de la Odisea

Itinerario de la Odisea

Es probable que el comienzo de la Odisea, junto con otros cuantos como Don Quijote de la Mancha, El viejo y el mar, El extranjero, La metamorfosis, Pedro Páramo y Cien años de soledad, sea uno de los mejores principios de la literatura de todos los tiempos. “Cuéntame, oh musa”, canta Homero, “la historia de aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sagrada ciudad de Troya, anduvo errante largo tiempo, vio las ciudades y conoció las costumbres de muchos hombres, y padeció en su corazón gran número de penalidades durante su navegación por el mar, mientras se esforzaba por salvar su vida y la de sus compañeros para regresar a la patria. Pero no pudo librarlos de la muerte y todos perecieron a causa de sus locuras”. Con un principio semejante, nadie puede detenerse ya en la lectura del poema.

[…]

No resisto la tentación de recordar aquí los hermosos principios que he señalado antes: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…” (Cervantes). “Era un viejo que pescaba solo en un bote en la corriente del Golfo y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez” (Hemingway). “Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé” (Camus). “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su casa convertido en un monstruoso insecto” (Kafka). “Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo” (Juan Rulfo). “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo” (García Márquez).Palabra literaria.

Corazón de Ulises, Javier Reverte, p.411-412

Autoreferencia de Camus en la peste

Ensayos de la obra "Los posesos" de Albert Camus, dirigida por el mismo autor.

Ensayos de la obra “Los posesos” de Albert Camus, dirigida por el mismo autor, Jack Garofalo. 

Grand había incluso asistido a una escena curiosa con la vendedora de tabaco. En medio de una conversación, la vendedora había hablado fe un proceso reciente que había hecho mucho ruido en Argel. Se trataba de un joven empleado que había matado a un árabe en una playa.

—Si metieran en la cárcel a toda esa chusma —habia dicho la vendedora—, la gente decente respiraría.

La peste, Albert Camus, editorial Edhasa, p.66

Cottard refunfuño que iba bien y que iría mejor si pudiera estar seguro de que nadie se ocupaba de él. Rieux le hizo comprender que nadie podía estar siempre solo.

—¡Oh!, no digo eso. Me refiero a las gentes que se ocupan en traerle a uno contrariedades.

Rieux seguía callado.

—No es ése mi caso, crea usted, pero estaba leyendo esa novela. Ahí tiene usted un desgraciado a quien detienen, de pronto, una mañana. Estaban ocupándose de él y él no lo sabía. Estaban hablando de él en los despachos, inscribiendo su nombre en fichas. ¿Cree usted que esto es justo? ¿Cree usted que hay derecho a hacerle eso a un hombre?

—Eso depende —dijo Rieux—. En ciento sentido, evidentemente no hay derecho. Pero todo es secundario. Lo que no hay que hacer es pasar demasiado tiempo encerrado. Es necesario que salga usted.

La peste, Albert Camus, p.69