En busca del arca perdida

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Las leyendas de Salomón y la reina de Saba, el mito de Menelik y la supuesta presencia del Arca de la Alianza en el país constituyen la raíz misma de la historia y de la religión en Etiopía. Pero es la epopeya del Arca, sobre todo, el motivo por el que los etíopes se sienten «pueblo elegido por Dios» y por el que sus monarcas, hasta Haile Selassie, se consideraron siempre Rey de Reyes, Elegido de Dios, León de Judá y otros títulos de parecido jaez. La dinastía Salomónida siempre supo arreglárselas para que el pueblo identificase a sus soberanos con el Cielo.

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La reina de Saba y Salomón

Encuentro de Salomón y la reina de Saba, Piero della Francesca,1452-1460

Encuentro de Salomón y la reina de Saba, Piero della Francesca,1452-1460

El principal libro sagrado de los etíopes es el Kebra Neguest, que quiere decir «Gloria de Reyes», y que fue escrito en el siglo XIV, recogiendo remotas leyendas transmitidas oralmente, por un monje de la antigua capital de Axum llamado Isaac. Según el mito, la historia etíope comenzó con la reina de Saba, diez siglos antes de la venida de Cristo al mundo. La soberana, que dominaba extensos territorios y asentaba el centro de su poder en Etiopía, oyó hablar de un sabio monarca que reinaba en Israel: Salomón. Y movida por la curiosidad, viajó hasta Jerusalén para conocer al gran hombre.

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Addis Abeba, tres miradas, ochenta años

Addis Abeba, 2009

Addis Abeba es un disloque, un desatino urbano. Cuando el novelista inglés Evelyn Waugh lo visitó en 1930, para escribir una serie de crónicas periodísticas sobre la coronación del emperador Haile Selassie, describió así la urbe:

De hecho, es hacia Alicia en el País de las Maravillas adonde recurren mis pensamientos buscando algún paralelo histórico para la vida en Addis Abeba. Únicamente en Alicia es donde uno encuentra el sabor particular de la realidad transformada, donde los animales llevan relojes en los bolsillos de sus chalecos […] ¿Cómo recapturar, cómo retener, el loco encanto de aquellos días etíopes? […] Addis Abeba es una ciudad nueva; tan nueva, en verdad, que ni una sola pieza de la ciudad parece realmente terminada […] Parecía que sólo ahora se hubieran puesto a construir la ciudad. En cada esquina había un edificio a medio terminar. Algunos ya estaban abandonados y en otros trabajaban unos cuantos puñados de desharrapados indígenas.

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El final de Rimbaud

Arthur Rimbaud en Harer

En 1885, los sueños imperiales de Egipto se disolvieron y sus soldados y funcionarios abandonaron Harer. El nuevo emir decidió cerrar la ciudad a los europeos y Pierre Bardey hubo de clausurar su negocio. A Rimbaud no le quedó otro remedio que regresar a Adén, adonde viajó acompañado de una muchacha harari, la única mujer con la que mantuvo una relación estable durante un cierto tiempo de su vida y cuyo nombre no aparece en ninguna parte. 

Pero no duró mucho como empleado de Bardey. Se despidió de la compañía, después de cobrar tres meses de sueldo como indemnización y decidió emprender negocios por su propia cuenta. Bardey escribiría años después sobre Rimbaud: «No pude retenerlo mucho más de lo que es posible retener a una estrella fugaz».

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