Personajes de cuento

Rudyard Kipling en 1925

Rudyard Kipling en 1925

Otro defecto que se le achaca es que tuviera un escaso poder de caracterización del personaje. No creo que los críticos que se lo echasen en cara entendieran del todo qué lugar ocupa la caracterización en un relato breve. Obviamente, se puede escribir un relato con la intención de desplegar un carácter. Flaubert lo hizo en Un corazón sencillo, Chejov lo hizo en La novia, que a Tolstoi le entusiasmaba. Un purista podría objetar que no son relatos, sino novelas resumidas. A Kipling le importaban los incidentes. En un relato de esta índole basta con relatar, sobre personas que toman parte en él, lo suficiente para darles vida propia. Se las muestra en el momento que a uno le ocupa; son inevitablemente estáticas. Para mostrar el desarrollo del carácter, un autor necesita el paso del tiempo y el espacio de maniobra que presta la novela.

Introducción de W. Somerset Maugham, El mejor relato del mundo y otros no menos buenos, Rudyard Kipling, p.39

El Flaubert quinceañero

Gustave Flaubert Gustave Flaubert (Rouen, 12 de desembre de 1821 - Croisset, 8 de maig de 1880)

Gustave Flaubert Gustave Flaubert (Rouen, 12 de desembre de 1821 – Croisset, 8 de maig de 1880)

Me hacen recordar al Flaubert de los quince años, el que admiraba a Byron y dormía con un puñal bajo la almohada.

La tentación del fracaso, Julio Ramón Ribeyro, p.104

Gustave Flaubert en el Cairo

Gustave Flaubert en el jardín del Hotel Nilo, El Cairo; fotografía de su amigo Maxime Du Camp

Gustave Flaubert en el jardín del Hotel Nilo, El Cairo; fotografía de su amigo Maxime Du Camp

Gustave Flaubert, que viajó por Oriente durante un par de años, escribía así sobre El Cairo en una carta a un amigo fechada en enero de 1850: «¿Qué puedo decirle? Apenas me estoy reponiendo del primer aturdimiento. Es como si te arrojaran completamente dormido en medio de una sinfonía de Beethoven, cuando los cobres desgarran el oído, los bajos rugen y las flautas suspiran. El detalle te atrapa, te agarra, te atenaza, y cuanto más te ocupa, peor captas el conjunto. Luego, poco a poco, aquello se armoniza y se acomoda por sí mismo a todas las exigencias de la perspectiva. Pero los primeros días el diablo te arrastra, es un ensordecedor barullo de colores, hasta tal punto que tu pobre imaginación, como ante un fuego artificial de imágenes, permanece totalmente deslumbrada».

Los caminos perdidos de África, Javier Reverte, p.394

Marlowe xerra amb Chandler

Humphrey Bogart llegint The Big Sleep

Humphrey Bogart llegint The Big Sleep

Raymond Chandler, en Llarg adéu (1953), recrea aquesta conversa entre el seu detectiu protagonista Philip Marlowe i un escriptor de fama:

»— En la meva professió (diu l’escriptor), és molt fàcil estressar-se i sentir-se encarcarat i incòmode. Aleshores, el que escrius no serveix de res. Quan és bo, no costa gens. Tot el que hagi sentit o llegit en contra és pura xerrameca.

»—Potser depèn de qui sigui l’escriptor —vaig dir—. a flaubert no li resultava gens fàcil escriure, però el que produïa era bo».

Com escric. Les regles del Joc, Andreu Martín, p.175

Las tetas de Egipto

 Ostracon de la bailarina contorsionista del Museo Egipcio de Turín. Foto en A.M. DONADONI ROVIERI, Museo Egizio, Turín, 1999.

Ostracon de la bailarina contorsionista del Museo Egipcio de Turín. Foto en A.M. DONADONI ROVIERI, Museo Egizio, Turín, 1999.

No pude comprobar, ya que hablamos de Flaubert, algo que el autor de Una educación sentimental anotaba en una carta dirigida a su hermano y fechada en diciembre de 1849: «¡Ah, vaya si he visto tetas para ti! ¡Las he visto y requetevisto! Observación: las tetas de Egipto son muy puntiagudas, en forma de mamas, y no tienen nada de excitantes».
A Flaubert le sucede lo mismo que a todos los escritores que poseen un alma poética: sus refinados libros ocultan el alma de un animal salvaje. Por eso los hacemos nuestros.

Los caminos perdidos de África, Javier Reverte, p.408

La definitiva prueba de Flaubert

Croisset, a les afores de Rouen, El pabelló de Flaubert

Croisset, a les afores de Rouen, El pabelló de Flaubert

Por eso, Flaubert sometía todas sus frases a la prueba de «la gueulade» (de la chillería o vocerío). Salía a leer en voz alta lo que había escrito, en una pequeña alameda de tilos que todavía existe en lo que fue su casita de Croisset: la allée des gueulades (la alameda del vocerío). Allí leía a voz en cuello lo que había escrito y el oído le decía si había acertado o debía seguir buscando los vocablos y frases hasta alcanzar aquella perfección artística que persiguió con tenacidad fanática hasta que la alcanzó.

Cartas a un joven novelista, Mario Vargas Llosa, p.47