Correciones y carácter, el nabo de Leningrado

Vladimir Nabokov

Vladimir Nabokov

Unos años más tarde, los editores de New Yorker se obstinaron en retocar «Mi educación inglesa» y «Retrato de mi madre», que poco después se convertirían en capítulos de Habla, memoria. Nabokov rechazó todas las correciones, y declaró: [prefiero] «la sinuosidad, que me es propia y que sólo a primera vista puede parecer torpe u oscura. ¿Por qué no hacer que el lector relea una frase de vez en cuando? No le va a causar daño». Pero el New Yorker no cejaba en su frenético afán corrector, y Nabokov rechazó cada sugerencia con celo diabólico. Respecto a su «Retrato», contestó: «No hubo nadie llamada “Juana de Arco”. Aun así, prefiero su verdadero nombre, Joaneta Darc. Sería bastante estúpido, por ejemplo, si en un New Yorker publicado en 2500 me llamaran “Voldemar de Cornell” o “Nabo de Leningrado”. Así  pues, en resumen, querría mantener “fatídicos acentos” y “Joaneta Darc”, si es posible».

El encantador. Nabokov y la felicidad, Lila Azam Zanganeh, p. 99
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La literatura como afrodisíaco

¿Qué libro acaba de leer?

¿Qué libro acabará de leer?

Cuando apareció la primera versión de Habla, memoria, titulada Conclusive evidence (Prueba definitiva), el crítico Morris Bishop le escribió a su amigo Vladimir Nabokov: «Algunas de tus frases son tan buenas que casi me provocan una erección. Y, como sabes, a mi edad eso no es nada fácil».

El encantador. Nabokov y la felicidad, Lila Azam Zanganeh, p.100