El mito de Solana

Edgar Degas, Autoretrato, 1895

Edgar Degas, autoretrato, 1895

El mito de Solana se ha magnificado. En su caso, como en el de otros muchos, creo que se podría repetir la aguda e irónica reflexión de Degas, cuando de viejo vio un cuadro suyo en una colección, adquirido a precio fabuloso: «El que pintó esto no era un imbécil, en verdad. Pero el que lo ha comprado, desde luego que lo es».

Los Baroja (memorias familiares), Julio Caro Baroja, p. 85

Laboratorio de Pío Baroja

Vera de Bidasoa (Navarra). Foto: Mariano Estornés Lasa

Vera de Bidasoa (Navarra). Foto: Mariano Estornés Lasa

Corrió durante mucho el rumor en el pueblo de que mi tío hacía hablar a la gente, y luego la sacaba en los libros de una manera peligrosa, ya que no ofensiva. Había que estar en guardia. Creo que uno de los motivos mayores de esta actitud lo dio la aparición de El aprendiz de conspirador fechado en «Itzea» en octubre de 1912 y aparecido con fecha de 1913. Pintaba allí mi tío dos caracteres de viejas que, en la vida política de Laguardia de Álava, al tiempo de la primera guerra civil, representaban de modo caricaturesco, por el odio personal que se tenían, el odio político generalizado entre liberales y carlistas. Los rasgos que les dio estaban inspirados en la observación de dos solteronas de Vera, una llamada Pepita, otra Fanny, que se odiaban desde la juventud y procuraban denigrarse mutuamente de continuo. […] Creo que la primera que se enteró de que mi tío había hecho una especie de transferencia de su persona en la Laguardia del siglo XIX fue ella. Después, hasta que murió octogenaria, no saludó a nadie de la familia. La Pepita, más diplomática, solía ir a ver a mi abuela una o dos veces al año, con sus pantuflas y balandranes.

Los Baroja (memorias familiares), Julio Caro Baroja, p.74

Los gustos literarios de Pío Baroja

Pío Baroja y Nessi. (San Sebastián, 28 de diciembre de 1872 – Madrid, 30 de octubre de 1956)

Pío Baroja y Nessi. (San Sebastián, 28 de diciembre de 1872 – Madrid, 30 de octubre de 1956)

Hacia 1925 mi tío Pío tenía unas ideas y unos gustos que difícilmente casaban con los que dominaban en España. Para él toda la pintura posterior al impresionismo era una pura estupidez. La música de Wagner no le gustaba mucho, pero la posterior la juzgaba incómoda. La poesía española, en conjunto, no le interesaba, salvo la muy antigua. Tampoco estimaba mucho a los prosistas y novelistas de su época o algo anteriores, con la excepción de Azorín y Ortega. Había tenido amistad con don Juan Valera, al que recordaba con simpatía, y de los románticos admiraba a Bécquer. De vez en cuando compraba alguna novela regional de autor poco conocido, de los de su época. Le llegaban, por otra parte, muchos volúmenes de Ámerica española. También de escritores jóvenes que querían su juicio. No era muy dado a franquearse en este orden, pero hablaba con aprecio de algunos cuentistas y novelistas americanos, de los que luego diré algo más. La novela de su época, en conjunto, le interesaba poco, porque creía que la novela la hace tanto un tipo de sociedad como el novelista y creía que la sociedad del siglo XIX en sí era más novelesca o novelable que la del XX, técnica, pedantesca, teorizante en todo, dominada por la receta, es decir, el «ismo».

Sus escritores favoritos seguian siendo, así, Dostoyewski, Dickens y sus filósofos, algunos que en España no eran gustados por la gente de cátedra. Compraba muchos libros modernos, los leía, pero no sacaba demasiado gusto de su lectura. Freud le produjo irritación. Proust lo aburrió. Gide le causó una mezcla de admiración y repugnancia. Pasaron por sus manos Joyce, Lawrence, Huxley… Al final estimaba sobremanera a Colette y a J. Green entre los contemporáneos. Contra Léon Daudet creía que el siglo XX era el verdaderamente estúpido, no el anterior.

Tarde leyó a Hardy, a Meredith, a Conrad, a algunos otros escritores ingleses algo más viejos que él. Por los dos primeros tuvo más estimación que por el tercero. Las obras antiguas de Bernard Shaw le divertían: las más modernas, no. Ni Wells, por un lado, ni Chesterton, por otro, le producían mucho entusiasmo. Creo que estimaba más a Conan Doyle que a estos doctrinarios: y sobre todo a Stevenson. De algunos escritores ingleses famosos tenía una visión de hotel de lujo (vio pasar a Kipling por uno de Roma) o de club londinense (habló con Barrie alguna vez, y no acierto a imaginar el diálogo). También trató a «don Roberto», es decir, a Cunninghame Graham.

Después de haber leído a los clásicos rusos del XIX continuó interesado por Rusia como productora de novelistas. Pero Gorki le aburría. A otros los encontraba retóricos, como a Merejkowski y Andreief. Veía demasiada preocupación erótica en Artzibashef. El trasgo,  de Sologub, le entretuvo y también algún libro de escritor menos conocido. Después de la revolución la literatura programada es claro que no podía producirle más que aburrimiento. En general, los rusos modernos le parecía que hacían «recuelos» de los antiguos. Para los movimientos que entre 1920 y 1930 tuvieron mucha boga, como el dadaísmo, el futurismo, etc., no tenía voluntad ni siquiera de prestarles algo de atención.

Los baroja (memorias familiares), Julio Caro Baroja, p.71

La Mariucha de Galdós

(Vitoria, 18 de julio de 1881 – Buenos Aires, 7 de enero de 1948)

(Vitoria, 18 de julio de 1881 – Buenos Aires, 7 de enero de 1948)

Entre las mujeres de la edad de mi madre, María de Maeztu tuvo un gran prestigio. Había estudiado cuando la generalidad de las señoritas españolas no lo hacían. Tenía una base, incluso étnica, no sólo pedagógica, anglosajona. Se decía que Galdós había pensado en su caso para escribir una obra llamada Mariucha. María de Maeztu ere un mujer pequeña, rubia, con aire de maestra vascongada. Hablaba con mucha autoridad y suficiencia y se veñia que tenía alta idea de su misión.

Los Baroja (memorias familiares), Julio Caro Baroja, p.62