En busca del arca perdida

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Las leyendas de Salomón y la reina de Saba, el mito de Menelik y la supuesta presencia del Arca de la Alianza en el país constituyen la raíz misma de la historia y de la religión en Etiopía. Pero es la epopeya del Arca, sobre todo, el motivo por el que los etíopes se sienten «pueblo elegido por Dios» y por el que sus monarcas, hasta Haile Selassie, se consideraron siempre Rey de Reyes, Elegido de Dios, León de Judá y otros títulos de parecido jaez. La dinastía Salomónida siempre supo arreglárselas para que el pueblo identificase a sus soberanos con el Cielo.

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Gustave Flaubert en el Cairo

Gustave Flaubert en el jardín del Hotel Nilo, El Cairo; fotografía de su amigo Maxime Du Camp

Gustave Flaubert en el jardín del Hotel Nilo, El Cairo; fotografía de su amigo Maxime Du Camp

Gustave Flaubert, que viajó por Oriente durante un par de años, escribía así sobre El Cairo en una carta a un amigo fechada en enero de 1850: «¿Qué puedo decirle? Apenas me estoy reponiendo del primer aturdimiento. Es como si te arrojaran completamente dormido en medio de una sinfonía de Beethoven, cuando los cobres desgarran el oído, los bajos rugen y las flautas suspiran. El detalle te atrapa, te agarra, te atenaza, y cuanto más te ocupa, peor captas el conjunto. Luego, poco a poco, aquello se armoniza y se acomoda por sí mismo a todas las exigencias de la perspectiva. Pero los primeros días el diablo te arrastra, es un ensordecedor barullo de colores, hasta tal punto que tu pobre imaginación, como ante un fuego artificial de imágenes, permanece totalmente deslumbrada».

Los caminos perdidos de África, Javier Reverte, p.394

Agatha Christie en África

Agatha Christie en Siria

Agatha Christie de arqueóloga en Siria

El Old Cataract de Asuán huele a Agatha Christie, lo mismo que el Pera Palace de Estambul. Mientras en el segundo la escritora inglesa escribió de un tirón su Asesinato en el Orient Express, en el primero puso a su Hércules Poirot a buscar asesinos en Muerte en el Nilo, novela publicada en 1937. Agatha Christie viajó con frecuencia por el norte de África en la década de los treinta del pasado siglo, acompañando a su segundo marido, que era arqueólogo, y se alojó algunas veces en el Old Cataract. Como era obligado, cuando la novela fue llevada al cine, en 1978, algunas secuencias de la película nos muestran a Peter Ustinov, el Poirot del film, en el bello Old Cataract.

Los caminos perdidos de África, Javier Reverte, p.388

La reina de Saba y Salomón

Encuentro de Salomón y la reina de Saba, Piero della Francesca,1452-1460

Encuentro de Salomón y la reina de Saba, Piero della Francesca,1452-1460

El principal libro sagrado de los etíopes es el Kebra Neguest, que quiere decir «Gloria de Reyes», y que fue escrito en el siglo XIV, recogiendo remotas leyendas transmitidas oralmente, por un monje de la antigua capital de Axum llamado Isaac. Según el mito, la historia etíope comenzó con la reina de Saba, diez siglos antes de la venida de Cristo al mundo. La soberana, que dominaba extensos territorios y asentaba el centro de su poder en Etiopía, oyó hablar de un sabio monarca que reinaba en Israel: Salomón. Y movida por la curiosidad, viajó hasta Jerusalén para conocer al gran hombre.

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La juventud de Indro Montanelli

Indro Montanelli en Etiopia. Foto sustraída de http://www.fondazionemontanelli.it/

Indro Montanelli en Etiopia. Foto sustraída de http://www.fondazionemontanelli.it/

Muchos jóvenes intelectuales italianos, insuflados de fe fascista, se alistaron voluntarios para la «gloriosa» campaña de África. Entre ellos, un muchacho de veinticinco años llamado Indro Montanelli, que sirvió como oficial en Eritrea, al mando de un contingente de tropas indígenas, entre 1935 y 1937. Años después, recordando la guerra de Abisinia, escribiría que se enganchó al ejército pensando que en la guerra adquiriría «conciencia de hombre». Pero la incompetencia de los mandos militares italianos, su obsesión por ganar promoción y medallas sin mérito para ello, fueron apartándole del fascismo. «Recuerdo el día de mi partida hacia África —declaró más tarde en una entrevista—como el más bello de mi vida. Creía que iba al encuentro de una gran aventura, a contribuir a un gran acontecimiento. La desilusión fue profundísima.» Montanelli dejó escritos un par de libros sobre sus experiencias en Eritrea, uno de ellos hoy casi inencontrable: XX Batallón de Eritrea.
En 1937, de regreso de África, viajó como enviado especial a España y fue testigo de la batalla de Santander. Contó en sus crónicas lo que vio sobre el comportamiento de los militares italianos, que se atribuían gloriosos hechos de armas que no eran tales, y fue obligado a regresar a Roma, donde se le expulsó de la asociación de periodistas. Desde ese momento, se apartó definitivamente del fascismo.

Los caminos perdidos de África, Javier Reverte, p.67

Las tetas de Egipto

 Ostracon de la bailarina contorsionista del Museo Egipcio de Turín. Foto en A.M. DONADONI ROVIERI, Museo Egizio, Turín, 1999.

Ostracon de la bailarina contorsionista del Museo Egipcio de Turín. Foto en A.M. DONADONI ROVIERI, Museo Egizio, Turín, 1999.

No pude comprobar, ya que hablamos de Flaubert, algo que el autor de Una educación sentimental anotaba en una carta dirigida a su hermano y fechada en diciembre de 1849: «¡Ah, vaya si he visto tetas para ti! ¡Las he visto y requetevisto! Observación: las tetas de Egipto son muy puntiagudas, en forma de mamas, y no tienen nada de excitantes».
A Flaubert le sucede lo mismo que a todos los escritores que poseen un alma poética: sus refinados libros ocultan el alma de un animal salvaje. Por eso los hacemos nuestros.

Los caminos perdidos de África, Javier Reverte, p.408

El joven Churchill

Winston Churchill en 1898

Winston Churchill en 1898

Nuevos contingentes británicos, viajando desde el mar Rojo y Wadi Halfa, se unieron al Sirdar Kitchener ya cerca de Omdurman. Entre las tropas recién llegadas, se contaba un regimiento de caballería británico, el 21.° de Lanceros, con cuatrocientos jinetes. Lo mandaba el coronel Martin y, en el staff de oficiales, servía un joven teniente llamado Winston Churchill.
Churchill tenía entonces veintitrés años y, en secreto, había contratado el envío de crónicas periodísticas sobre la campaña para el Moming Post, algo que le estaba prohibido a cualquier militar en el ejército británico. Kitchener se había opuesto a que se incorporase a su tropa ningún aristócrata, y Churchill lo era. Pero la madre del joven oficial movió sus influencias en Londres y el propio heredero de la corona impuso la presencia de Churchill en el 21.° de Lanceros. Cuando la contienda concluyó, Kitchener se enfureció al tener noticia de las crónicas enviadas por Churchill, pero de nuevo las influencias familiares salvaron al ambicioso muchacho de su expulsión del ejército. Gracias a esas influencias, de todos modos, Churchill logró participar en la batalla final de la campaña, en Omdurman, y escribir un magnífico libro sobre la contienda que llamó La guerra del río.

Los caminos perdidos de África, Javier Reverte, p.296