Afrodita, diosa del amor, del erotismo y de la fecundidad

Nacimiento de Venus, Sandro Botticelli, 1484-1485

Nacimiento de Venus, Sandro Botticelli, 1484-1485

Afrodita, como todos los otros dioses a excepción de Zeus, nació del mar, cosa muy natural en una civilización, la griega, que se inició y creció entre las olas. Importada de Oriente, igual que todos sus divinos compañeros —de nuevo exceptuando a Zeus—, la diosa del amor, del erotismo y la fecundidad, la reina indiscutible en la representación de la fuerza vital de la Naturaleza, era una mujer coqueta y voluble. Y también magnánima, pues no sólo era deidad protectora de la maternidad, sino que además amparaba a las prostitutas y a cualquier donjuán promiscuo de su tiempo, lo que indica la poca importancia que concedía al pecado. Quizá ese poder único que poseía para incendiar los corazones y los sentidos la hizo ser también la diosa del mar, el potente mar cuya fecundidad se nos hace aún casi infinita. A esta diosa de origen fenicio le gustaba jugar con su poder erótico para despertar la pasión en los humanos e, incluso, entre los dioses. Su coquetería, cuando fue escogida por el príncipe troyano Paris como la más hermosa de las diosas, provocó una terrible guerra, ya que Afrodita hizo que Helena, la esposa de Menelao y cuñada de Agamenón, se enamorase perdidamente de Paris y abandonara su casa para fugarse con él, como pago por haberla elegido. El cornudo Menelao y su no menos cornudo hermano Agamenón organizaron un ejército que conquistó y destruyó Troya tras diez años de asedio. También calentó los bajos al mismísimo todopoderoso Zeus, y fue tal la sed de sexo que despertó en el ánimo del dios de los dioses, que durante mucho tiempo apenas dejó ninfa sin pasar por la piedra.Ella misma, cuando decidió “yacer con un mortal” estando en plenitud de su hermosura, eligió al bellísimo Anquises, un troyano tan apuesto como un dios. Y le dio un hijo, Eneas, el primer griego que desembarcó en las costas italianas huyendo del desastre de Troya. Afrodita tuvo muchas otras aventuras amorosas, como fue el caso del cojo Hefesto, el dios herrero, con quien llegó a casarse, sin que nadie se explique muy bien qué es lo que vería en aquel tipo enclenque, y feo como un mono, la más hermosa de las divinidades. Pero esas cosas pasan en los misteriosos meandros de la pasión.También anduvo liada con Ares, el temible dios de la guerra, y con el mensajero Hermes, del que tuvo un hijo, Hermafrodito, un ser de doble sexo. Y para no perder forma, y sin cesar de ponerle los cuernos a Hefesto, yació una temporada con Poseidón, el poderoso dios de los océanos, que estaba loco por ella. Dioniso, el último de los dioses en entrar a formar parte de los doce grandes, despertó la curiosidad de todos sus colegas cuando fue admitido en el Olimpo. Y ya se sabe adónde conduce la curiosidad en el corazón de las mujeres hermosas y ligeras de cascos: derecha al catre. En consecuencia, Dioniso tampoco se le escapó a Afrodita, que quedó embarazada y parió a Príapo, un niño de aspecto repulsivo, dotado de unos enormes órganos sexuales. De los inmortales, por lo que se cuenta, sólo se le fueron vivos el propio Zeus y el apuesto Apolo. Y en su larga nómina de los mortales con los que tuvo relaciones sexuales se incluyen también el bello Adonis, a quien amaba apasionadamente, y el argonauta Butes.

Corazón de Ulises, Javier Reverte, 53-54

Un plano por un franco

Plano del cementerio de Père Lachaise

Plano del cementerio de Père Lachaise

Vivo desde hace quince meses a media cuadra del cementerio de Père Lachaise y sólo hoy, domingo soleado y ventoso, se me ocurre recorrer los cincuenta metros que me separan de la entrada de la rue de la Réunion.

Deslumbrado. Un portero me entrega por un franco un planito y me señala con el dedo las tumbas de Balzac, Molière, Chopin, Edith Piaf, etc. Al poco rato renuncio a buscar las sepulturas ilustres y prefiero perderme por los caminillos estrechos que bordean los mausoleos.

La tentación del fracaso, Julio Ramón Ribeyro, p.282

Paris sera toujours Paris

Aparte del riesgo que se corría de chocar contra una farola, el principal peligro que había durante los apagones generales era que te atropellara un automóvil. En Londres, durante los últimos cuatro meses de 1939, más de dos mil peatones perdieron la vida en accidentes de tráfico. La oscuridad total animaba a algunas parejas jóvenes a tener relaciones sexuales de pie en las entradas de las tiendas, deporte que no tardaría en convertirse en uno de los temas favoritos de los chistes que se contaban en los cabarets. Poco a poco, los cines y teatros volvieron a abrir sus puertas. En Londres, los pubs se llenaban de gente. En París, los cafés y restaurantes estaban abarrotados de clientes, y Maurice Chevalier cantaba el hit del momento, Paris sera toujours Paris. Casi todos se habían olvidado de Polonia.

La segunda guerra mundial, Antony Beevor,  p.66

Ni París ni Quijote

Edición francesa de 1883

Edición francesa de 1883

Miguel Delibes diu: «Para escribir un buen libro no considero imprescindible conocer París ni haber leído el Quijote. Cervantes, cuando lo escribió, no lo había leído.»

Com escric. Les regles del joc, Andreu Martín,  P. 71

Hoteles literarios

Bar Hemingway en el Hotel Ritz

Bar Hemingway en el Hotel Ritz

Writers bar en el Hotel Raffles

Writers bar en el Hotel Raffles

Karen Blixen Suite en el

Karen Blixen Suite en el Norfolk

Permanecí dos días en Asuán y me alojé en uno de esos legendarios hoteles que hay salpicados por el mundo y a los que un escritor debe acudir inevitablemente. Porque, como bien escribe en su libro Hotel Nirvana Manu Leguineche, «el viajero se mece en el mito, se recrea en la atmósfera de esos hoteles». Yo los llamo «hoteles literarios», pues guardan en sus salones y en sus bares una atmósfera de novela. Son, por ejemplo, el Raffles de Singapur, que remite a Kipling y a Conrad; el Norfolk de Nairobi, que nos recuerda a Isak Dinesen; el Ritz de París, donde Hemingway acabó con todas las reservas de martini, o el Continental de Saigón, donde flota el fantasma de Graham Greene. La lista sería interminable. Saben a literatura porque han ocupado plaza en libros inolvidables. Y saben también a cine porque han sido escenario de magníficas películas.

 Los caminos perdidos de África, Javier Reverte, p.388